En su libro Las noches oscuras del alma (2005), Thomas Moore relata la historia de un cliente que una mañana aguardaba sentado ante la mesa del desayuno. Su esposa tardó en aparecer y finalmente descendió por la escalera con las maletas. Él no volvió a verla. Al conversar con aquel hombre, Moore quedó impresionado por la magnitud de su ceguera. Había supuesto que la vida de su esposa era tan sencilla y placentera como la propia.

Conservé esa imagen porque casi todos reconocemos alguna variante de ella. La maleta que desciende por la escalera ocupa un solo minuto visible. Durante mucho más tiempo, alguien se ha repetido en silencio que la situación ya no puede continuar, ha preparado palabras que nunca llega a pronunciar y ha aguardado una señal ausente. Moore sostiene que ciertas personas posponen lo inevitable hasta alcanzar el límite de lo tolerable; cuando finalmente actúan, su determinación parece repentina a quienes las rodean. Para explicarlo, recurre a una imagen del huerto. Con sus pacientes, espera que la manzana de la decisión llegue a desprenderse del árbol por su propio peso y mira con desconfianza las decisiones tomadas únicamente por la sensación de que es necesario actuar, pues, según afirma, el alma necesita tiempo para asimilar las decisiones apresuradas.

El relato se refiere hasta ese momento a quien parte. El mismo capítulo considera también la situación de quien permanece. Moore conoce a una mujer, llamada Amy, que lleva años amando desde la distancia a un hombre incapaz de expresar sus sentimientos. Ella mantiene una vida ocupada, aunque concentra en él todo el amor que posee. Sus amigos le advierten que aquel hombre jamás podrá ofrecerle lo que necesita, pero ella continúa aferrada a la relación. Moore no la reprende. Su observación resulta más sugerente que cualquier consejo: en ocasiones, el alma parece querer permanecer atrapada, mientras los amigos y la familia no comprenden esa actitud porque les importa la vida de la persona, no su alma. El alma, escribe, sigue su propia agenda.

La observación que yo destacaría dos veces aparece inmediatamente después. Sentirse atrapado en el amor exige examinar el papel propio, dado que la persona aporta su vida entera a una relación enredada. Amy cuenta su desengaño como si procediera del exterior, y Moore pone en duda que todo se resolviera si aquel hombre terminara por demostrarle su afecto. Él tendrá dificultades propias, pero el atolladero también revela algo de ella.

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Otra historia retoma esa misma cuestión. Un hombre casado escribe a Moore porque ama a su esposa y a sus hijos, aunque está enamorado de una compañera de trabajo y lleva años inmovilizado entre ambas situaciones. Moore desconoce si esa posibilidad corresponde a su caso, pero plantea una explicación cotidiana. La compañera comparte con él una parte mayor de su vida profesional que la que comparte su esposa, una situación frecuente cuando uno de los miembros de la pareja queda absorbido por los hijos y la casa y ambos encuentran muy poco espacio para compartir su vida. El amor, escribe, nos llama a compartir nuestras vidas, no únicamente nuestras personas.

La escritura de Moore procede más de su experiencia como terapeuta y de su lectura de poetas que de la investigación, por lo que conviene entenderla como una perspectiva y no como una norma. Su advertencia también es severa. Esperar que se abran las compuertas del amor del otro, afirma, constituye una forma de masoquismo, y el callejón sin salida puede servir de defensa para impedir que uno de los dos viva plenamente. Moore señala que en esas parejas suelen reunirse personas poderosas y sumisas. Ese es el límite de la manzana. Una cosa es aguardar a que algo madure y otra permanecer a la espera de que el otro cambie. En presencia del miedo o la violencia, no hay nada que pueda madurar.

Una cosa es aguardar a que algo madure y otra permanecer a la espera de que el otro cambie.

El hombre de la mesa y Amy, a mi juicio, incurren en un error semejante desde posiciones contrarias. Él dejó de observar el tiempo de su esposa, mientras ella deja de observar el suyo. Uno creyó que todo marchaba bien porque nadie había expresado lo contrario; la otra cree que todo se resolverá cuando el otro pronuncie lo que espera escuchar. En ambos casos, el vínculo queda sometido a aquello que permanece sin decirse.

La propuesta de Moore consiste en dirigir la atención hacia el alma y hacia la vida completa, hacia vivir, trabajar y contribuir a los demás, en lugar de concentrarla en lograr una relación más satisfactoria. Le preocupa que el sentido de la vida termine reducido a la pareja, pues, una vez realizado el amor romántico, muchas personas pierden el entusiasmo al interpretarlo como un destino alcanzado y no como un inicio. Para los vínculos que no perduran, deja una idea que me resulta valiosa. Aunque una relación termine, no podemos evitar sentir lo que sentimos ni volver a ensayar nuestra historia, y ese trabajo quizá genere el espacio que el alma necesita.

La maleta desciende por la escalera en un minuto, mientras la decisión tarda años en bajar. Una pregunta sencilla, propia de cualquier martes, puede ser lo más útil: cómo estás tú en esto. El hombre de la mesa no se la formuló. Podemos dirigirla a quienes queremos y a nosotros mismos. La pregunta no repara un vínculo, pero modifica el momento en que comprendemos lo que ocurre.

Referencias

Moore, T. (2005). Las noches oscuras del alma. Encontrar la luz en las grandes pruebas de la vida (C. Batlles Vin, Trad.). Ediciones Urano. (Obra original publicada en 2004).

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Su libro Decepción: ontología de una promesa rota se publica a fines de 2026.