Hace algunas semanas, mientras hablaba con otros apoderados del colegio de mi hijo, la conversación terminó orientándose hacia el emprendimiento. La posibilidad de trabajar por cuenta propia se defendía con un entusiasmo que apenas dejaba lugar para las preguntas, mientras el empleo formal se presentaba como una fase que habría que superar. No pretendo juzgar a quienes hablaban así. Sus palabras expresaban algo sincero: la aspiración a que el tiempo, la dignidad y el esfuerzo propios tengan un valor mayor. La conversación, sin embargo, me llevó a preguntarme qué estábamos comparando en realidad.

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El cisne negro, de Nassim Taleb, propone una distinción que permite ordenar esa discusión mejor que muchos de los argumentos intercambiados. Taleb relata que, cuando tenía veintidós años, un compañero de estudios le recomendó elegir una profesión escalable, es decir, una actividad en la que el pago no se calcula por horas y, por eso, los ingresos no quedan restringidos por la cantidad de trabajo realizada. Más tarde llegó a la conclusión de que el consejo era equivocado y recurrió a dos oficios para explicar por qué. Un panadero debe preparar cada barra para cada cliente. Una novelista escribe su libro una sola vez, y el esfuerzo permanece igual tanto si lo leen cien personas como si lo leen cien millones.

Taleb construye a partir de esa diferencia dos países imaginarios. Mediocristán reúne la estatura, el peso y los ingresos del panadero, del propietario de un pequeño restaurante y del odontólogo, ámbitos en los que ningún caso particular modifica el conjunto y en los que prevalece el esfuerzo sostenido. Extremistán concentra la riqueza, las ventas de libros por autor y la fama, fenómenos en los que unos pocos casos adquieren más peso que todos los demás combinados.

La cuestión decisiva para nuestra conversación es la ubicación de cada actividad. Tanto el empleado formal como el propietario de un local pertenecen a Mediocristán. Taleb ilustra la idea con un restaurante de moda: su máximo logro sería llenar el comedor todos los días, salvo que llegara a crear una franquicia. El ingreso de esas profesiones, incluso cuando está bien remunerado, depende de un esfuerzo constante y no de un acontecimiento afortunado. Extremistán corresponde a quien crea algo reproducible sin trabajo adicional, como un software, una marca o un producto capaz de venderse por millones. El almacén, la peluquería y el local de comidas, actividades que suelen incluirse bajo la etiqueta de emprendimiento, implican trabajo no escalable y carecen de un salario fijo. El empleo formal tampoco está, a mi juicio, exento de riesgo: ofrece un beneficio limitado y contiene una cola negativa, representada por el despido o la quiebra de la empresa, que el sueldo mensual puede ocultar.

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Taleb describe Extremistán sin suavizar sus efectos. Una profesión escalable, sostiene, solo resulta favorable para quien triunfa, genera desigualdades enormes y está mucho más expuesta al azar, pues produce diferencias inmensas entre el esfuerzo invertido y la recompensa obtenida. Taleb añade un aspecto que rara vez se menciona. Los cazadores individuales de cisnes negros tampoco son quienes se enriquecen, ni siquiera en el terreno económico. A partir de una referencia al investigador Thomas Astebro, afirma que los inventores individuales obtienen, incluido el cementerio, mucho menos que el capital de riesgo que los financia, y aplica el mismo razonamiento a los editores frente a los escritores y a los representantes frente a los artistas. El funcionamiento del emprendimiento, escribe, exige cierta ceguera respecto de las probabilidades, y quienes participan en esos juegos reciben como pago una moneda distinta del éxito material: la esperanza.

La explicación de que esto no sea visible reside en lo que Taleb denomina el problema de las pruebas silenciosas. Cicerón relata que a Diágoras, quien no creía en los dioses, le enseñaron tablillas con retratos de fieles que habían rezado y sobrevivido a un naufragio, como evidencia de que la oración protegía. Diágoras preguntó por los retratos de quienes habían rezado y se habían ahogado. Los ahogados carecen de la posibilidad de dar charlas. El emprendimiento presenta una dinámica semejante. Solo conocemos a quienes sobrevivieron, y sus historias, reconstruidas retrospectivamente, parecen explicar el éxito con una nitidez que quienes quedaron fuera del camino ya no pueden cuestionar.

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Los datos también deben considerarse, porque vuelven más compleja la historia en ambas direcciones. Barton Hamilton (2000) comparó los ingresos de los trabajadores por cuenta propia con los de los asalariados y observó que los primeros parten con menores ingresos y crecen menos, hasta alcanzar una diferencia mediana de 35% al cabo de diez años. Su interpretación sostiene que la mayoría continúa en esa situación porque asigna valor a beneficios no monetarios, entre ellos ser su propio jefe. Investigaciones posteriores basadas en registros tributarios introducen matices. Levine y Rubinstein (2017) concluyeron que los propietarios de negocios constituidos como sociedad ganan más que los asalariados, mientras que quienes emprenden sin constituirse obtienen menos, por lo que el resultado varía según la definición de emprendimiento adoptada. El mapa de Taleb es compatible con ambas observaciones. La mediana, que representa el caso típico, se encuentra en Mediocristán, mientras la ganancia elevada se concentra en una cola estrecha.

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Nada de esto hace de Taleb un adversario del emprendimiento. Su desconfianza hacia la planificación descendente lo lleva a defender el ensayo y error, y sostiene que los mercados libres funcionan porque permiten que las personas tengan suerte. Para convivir con lo impredecible, propone la estrategia de la haltera. No se trata de adoptar una prudencia o una audacia intermedias, sino de combinar un conservadurismo extremo en un ámbito con una audacia igualmente extrema en otro. Aplicada a la inversión, la fórmula consiste en colocar entre un 85 y un 90 por ciento en un activo extremadamente seguro y destinar el resto a apuestas extremadamente especulativas, de manera que ningún cisne negro pueda causar un daño superior al que protege ese piso. Taleb formula la idea en términos monetarios y sugiere extenderla a otras dimensiones de la vida; yo la interpreto de ese modo para el trabajo. La haltera requiere que la pérdida posible tenga un límite. Arriesgar la casa y los ahorros en un negocio no constituye una haltera, sino una apuesta sin piso. Mantener un ingreso estable y experimentar con otra actividad en paralelo, asumiendo un costo que pueda perderse sin caer en la quiebra, sí responde a esa estrategia.

La conversación del colegio deja planteado aquello que, a mi juicio, expresaba sin saberlo. Taleb dedica varias páginas al sufrimiento asociado con la persecución de objetivos concentrados. Quienes siguen ese camino suelen pasar buena parte del tiempo aguardando un gran día que normalmente nunca llega; el problema de las compensaciones irregulares reside menos en el dinero que en la posición ocupada dentro de la jerarquía y en la ausencia de respeto. Taleb escribe que la moneda de mayor valor es el respeto. El fervor por emprender puede interpretarse generosamente como la búsqueda de un espacio donde el trabajo propio sea visible y respetado, algo que Hamilton denominaría un beneficio no monetario y que Taleb llamaría esperanza. La compra es legítima si se sabe qué se está comprando y cuál es su precio.

La compra es legítima si se sabe qué se está comprando y cuál es su precio.

Si regresara a aquella conversación, comenzaría por preguntar qué clase de negocio se tiene en mente, pues un almacén de la esquina no se parece a una plataforma que se replica sin esfuerzo. Preguntaría después cuánto de lo propio se está dispuesto a perder sin quedar en el suelo. Solo entonces abordaría la libertad, una buena razón para emprender y, al mismo tiempo, la promesa más fácil de formular.

Referencias

Hamilton, B. H. (2000). Does entrepreneurship pay? An empirical analysis of the returns to self-employment. Journal of Political Economy, 108(3), 604-631. https://doi.org/10.1086/262131

Levine, R., & Rubinstein, Y. (2017). Smart and illicit: Who becomes an entrepreneur and do they earn more? The Quarterly Journal of Economics, 132(2), 963-1018.

Taleb, N. N. (2007). The black swan: The impact of the highly improbable. Random House. (Edición en español: El cisne negro, Paidós).

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Su libro Decepción: ontología de una promesa rota se publica a fines de 2026.