“Llorando no se soluciona nada”. Seguramente nadie se ha salvado de que le digan esta frase o de decirla. Y yo me pregunto: ¿realmente existe alguien que llore porque cree que así va a solucionar lo que le está pasando? La respuesta aparece por sí sola. Cuando alguien nos dice esto, bien sea de forma intencional o no, está invalidando nuestras emociones.
De hecho, esta frase cuenta con un buen número de variantes: “Los hombres no lloran”. “No llores, que se ve fea o feo”. “Deje de llorar porque todos le están mirando”. “¿Quiere que le dé un motivo para que llore de verdad?”. Esta última, en particular, tiene su complejidad porque, en este caso, ya nos encontramos en la tesitura de distinguir el llanto falso del verdadero. Definitivamente, parece ser que el llanto es una de las expresiones emocionales que genera más incomodidad al momento de enfrentarla con alguien más.
Llorar no es una función que esté dentro de nosotros solo como adorno. Cada una de las emociones que experimentamos tiene su razón de ser. Ahora bien, hay que aprender a gestionar lo que sentimos, porque sería igual de contraproducente evitar llorar cuando así lo sentimos que estar en un modo melodrama continuo. Muchas de las personas que lanzan la frase que me atañe en el presente texto simplemente no desean o no saben cómo lidiar con la angustia de alguien más.
Esto puede pasar por varias razones. En lo personal, creo que está motivado por el miedo, por aquella sensación de impotencia que surge cuando se ve a alguien sufrir, pero no sabemos cómo ayudarle. De hecho, el mismo afecto que le tenemos a una persona nos puede llevar a querer evitar que esa persona sufra y se nos olvida que, por más que queramos, no podremos impedir que las personas que amamos tengan que atravesar momentos difíciles.
Eso sí, tampoco podemos romantizar todas las razones que se esconden detrás de aquella célebre frase. Porque todo tiene su lado B y, en muchos casos, efectivamente estás buscando apoyo emocional en el lugar menos indicado y el intento de frenar tu llanto, simple y llanamente, está motivado por un: “No me importa lo que te está pasando”. Puede que suene cruel y se sienta aún peor si viene de alguien de quien se esperaba comprensión. Después de todo, en los tiempos que corren puedes llevar dos botecitos de crueldad por el precio de uno.
Hay gente que llora por todo. Escuché alguna vez decir en una conversación. Y bueno, hay gente que es más emotiva que otra y tiene el mismo derecho a existir y expresarse que aquellas personas que tienen su llanto direccionado solo para momentos bastante complejos. Que una persona llore por “todo” no significa que cada vez que lo hace busque contención. No me imagino a alguien llamando a algún amigo, pareja o familiar para buscar apoyo solo porque vio “El niño y el toro” y comenzó a llorar.
Estigmatizar a las personas como débiles emocionalmente según la cantidad de veces que una lágrima les empaña la vista no ayuda. Nuestra fortaleza no proviene de lo emotivos que podamos ser. De hecho, considero que hay fortaleza en el hecho de buscar apoyo. Pretender transitar las tempestades solos, más que un acto de valentía, es un acto absurdo. Poder llorar es tan necesario como aprender a dejar que los demás también lloren.
Que un problema ajeno me resulte una nimiedad no quiere decir que lo sea para quien lo está enfrentando. Puede que para una persona una ruptura amorosa sea el fin del mundo y para otra tan solo una historia que terminó. Y ¿quién soy yo para juzgar a quien sufre porque hay alguien más que enfrenta lo mismo de distinta manera?
En contraposición, si llorar no soluciona nada, entonces no hacerlo, por defecto, tendría que contener la solución a todo lo que nos está pasando. Y, como me gusta lanzar monedas al aire, diré que estoy segura de que no llorar tampoco arregla nada. Descontando que no siempre lloramos porque estemos tristes, creo que el llanto alivia el alma, quita peso emocional y, cuando damos con alguien que nos permite nuestro cuarto de hora de drama, nos tiende una mano, nos da un abrazo, algo dentro de uno sí comienza a cambiar. La angustia cede a la calma. Lo que antes veíamos como una catástrofe insalvable ahora comienza a tener posibles salidas.
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Recuerdo que, en algún momento, alguien me dijo: “No soy basurero emocional”. Producción directa de algún mago de los conceptos que, como si sacara un conejo del sombrero, lanza un concepto, pero se le olvida aclarar que no es aplicable de forma universal. Y, por ende, se convierte en trinchera de aquellas personas que han encontrado en el egoísmo una buena excusa para descartar a todo aquel que no viva dentro de una burbuja de felicidad perenne y frases motivacionales provenientes de un mundo paralelo.
“No ser basurero emocional” solo se puede aplicar a las personas cuyo pesimismo trasciende lo impensable. Y claramente no tenemos por qué soportar a alguien que, ante cualquier situación, parece tener el don de encontrarle el lado malo. Sin embargo, cuando alguien está atravesando un momento realmente difícil, pretender obligarlo a que vea todo de color rosa y sonría como si nada pasara porque no tiene permitido llenar el basurero de otro que, cuando todo iba bien, solía decir “cuentas conmigo para lo que sea”, es por demás inaceptable. Eso sí, como nunca hay desperdicio en aprender, esto te permite saber de dónde es mejor alejarse.
Por ejemplo, en mi caso, si las soluciones a mis problemas fueran directamente proporcionales a mi llanto, entonces técnicamente no tendría de qué preocuparme, porque el funcionamiento de mis glándulas lagrimales es realmente admirable. Sin embargo, me permito llorar lo que haga falta y esto no quiere decir que me la pase compitiendo con los dramas coreanos. Sé también que debo regular mi tristeza. No esconderla: sé que está ahí, pero soy muy consciente de que, si la dejo ganar terreno y se suman la incertidumbre y la soledad, la historia no tendría un final muy esplendoroso.
Aprender a conocerse a uno mismo es, por demás, el transitar más dispendioso. Yo no solo debo explicar por qué razón estoy llorando, sino que, al mismo tiempo, debo explicar cómo el autismo incide en la forma en la que estoy procesando la angustia. Ahora, que me entiendan, ese es otro asunto. Por lo general, no ocurre.
Estoy sobrepasada, no entiendo ni de dónde soy vecina, me cuesta pensar y hablar, pero pretenden que yo deje de llorar, que mágicamente saque del ropero fortaleza extra y una resistencia que supere al titanio. Un poco más y me van a estar pidiendo inmortalidad.
El dolor, indefectiblemente, se transforma en lágrimas. Busca una salida, no una solución. Busca un silencio que acompañe, una palabra justa, una mirada que sostenga desde la calma. El llanto que aparece porque alguien siente que su mundo está colapsando no pretende incomodar a nadie. Solo desea poder existir, al igual que existe una sonrisa cuando todo va bien.
El dolor, indefectiblemente, se transforma en lágrimas. Busca una salida, no una solución.
La tristeza que no logra una vía de escape termina enfermándonos. Finalmente, el cuerpo, nos guste o no, responderá a nuestras emociones. Y deshumanizar a los demás en pro de nuestra propia comodidad emocional no equivale a tener un as bajo la manga.