Desde que términos como psicópata, narcisista y tóxico se volvieron de dominio público, si alguien hace o dice algo que no nos agrada, automáticamente entra en el sorteo de las etiquetas. Puedes obtener una en cuestión de segundos.

¿En qué se basan para dictaminar algo así, cuando para perfilar a alguien se requiere de mucha información? No simplemente se queda uno con la conducta de alguien. Detrás de cada persona hay una historia de vida que incluye también a su familia, amistades y vínculos de pareja.

Y aquí es donde aparece algo que me resulta particularmente curioso: una persona puede decir algo desagradable, ser directa, no tener tacto o simplemente comportarse de una manera que no nos gusta, y automáticamente comenzamos a buscar una explicación psicológica para justificar nuestra molestia.

En mi caso, parece que tengo cierta facilidad para participar en este sorteo.

Recuerdo que, en una ocasión, cuando salí del departamento, me crucé con una vecina con la que había hecho amistad. Me saludó y dijo:

—Ayer compré este buzo —mientras lo estiraba con ambas manos para que me quedara claro el estampado de Bob Esponja que cubría prácticamente todo el frente de la prenda, sobre un fondo amarillo encendido—. ¿Se me ve bien?

Así que le dije:

—Lo importante es que te guste a ti.

Claramente, la respuesta no la complació y volvió a preguntar. Entonces le dije:

—Sinceramente, yo no lo usaría a esta hora. Hace mucho sol y el amarillo del buzo fastidia a la vista. Además, Bob Esponja es muy grande.

Su rostro tomó una tonalidad rojiza mientras su ceño se fruncía.

—Psicópata, cruel, mala amiga —dijo mientras daba media vuelta y entraba a su departamento, azotando la puerta tras de sí.

Ante la escena, simplemente di media vuelta y continué mi camino.

De nuevo, alguien me llamaba de esta manera. Y aquí es donde la historia comienza a ponerse interesante, porque si decirle a alguien que no le queda bien un buzo basta para ponerme dentro de un perfil bastante cuestionable, cuando no aterrador, ¿qué tendría que haber hecho para que la etiqueta realmente tuviera algún sentido?

La respuesta, probablemente, requiere bastante más que una opinión sobre Bob Esponja.

Para perfilar a alguien no basta con observar una conducta aislada. Se requiere mucha más información. Hay una historia de vida detrás de cada persona, y esa historia incluye su familia, sus amistades, sus vínculos de pareja y, por supuesto, la manera en que se relaciona con los demás.

Porque una cosa es decir algo desagradable sin medir las consecuencias y otra muy distinta es carecer de empatía emocional. Y precisamente aquí aparece una diferencia importante entre el autismo y la psicopatía.

En su momento, y cortesía de Hans Asperger, se llegó a creer que autismo y psicopatía eran prácticamente lo mismo. Esta información tan solo circulaba en el mundo académico y entre las personas que se encontraban dentro de esta condición. Sin embargo, a posteriori se fue popularizando hasta que se generalizó, pero entre personas que ni saben qué es el autismo y mucho menos qué es una psicopatía.

En consecuencia, los prejuicios le permitieron a muchos autoproclamarse psiquiatras, psicólogos o analistas conductuales. Todo para enmascarar la incomodidad de enfrentar lo que no les agrada escuchar.

Y como una conducta fuera de contexto puede decir muy poco sobre una persona, tengo otro ejemplo que demuestra bastante bien mi particular manera de relacionarme con las palabras.

Cuando estaba en quinto de primaria, entré al baño del colegio a lavarme las manos y, como no cerré la puerta, una niña de otro curso se creyó con el derecho de pararse en la entrada y comenzar a presionar porque ella necesitaba entrar.

Yo, como de costumbre, la ignoré, pero hay gente cuyo nivel de perseverancia le gana al decoro y a la paciencia. Le dije que podía entrar. Tenía tanto afán por contemplarse en el espejo que la madrastra de Blancanieves era el personaje con menos ego del mundo literario.

Y como tengo la sutileza de una motosierra para decir las cosas, le pregunté:

—¿Qué tanto te miras si eres fea?

Ella comenzó a llorar de inmediato y mi falta de tacto —de la que podrán hablar muchas personas autistas— me costó una visita a la rectoría y toda una explicación de mi madre de por qué uno no podía ir por ahí diciendo lo primero que se le ocurría.

Ella ya contaba con un vasto entrenamiento en esta área, debido a todas las veces que la hice quedar mal solo por expresarme sin filtro.

Aún no domino muy bien la estrategia social de tener tacto al decir lo que se piensa. De hecho, cuando veo a las personas hacer uso de esta, me doy cuenta de cómo aparece la contradicción entre los gestos del rostro y las palabras, así que muchas personas prefieren mentir. Quizás porque tener una confrontación no es algo que resulte placentero.

Hay quienes dicen que es mejor mentir que lastimar a la otra persona. Seguramente, este es el argumento con el que se creó la idea de las mentiras piadosas.

Francamente, prefiero una verdad que me incomode a que me dejen andar por ahí luciendo mis desatinos como si fuesen aciertos.

Francamente, prefiero una verdad que me incomode a que me dejen andar por ahí luciendo mis desatinos como si fuesen aciertos. No es que ser directa lo aplique solo a lo negativo que pueda pensar sobre una situación o persona; también lo uso cuando encuentro algo que es positivo. Y ahí aparece lo irónico del asunto, porque ante esto último nadie me ha cuestionado.

Así que me pregunto si acaso el problema no está en quien nos dice algo que no deseamos escuchar, sino en cómo lo asumimos.

Algo para pensar, para ti

Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.

Con todos los recuerdos que tengo de las veces que me vi en una discusión por ser directa, bien podría escribir un libro: «Quedar bien es mejor que decir lo que se piensa».

Claramente, el libro estaría sujeto a cuestionamientos. Porque existen la diplomacia, la gentileza y el tener tacto como argumentos plausibles al momento de no ahorrar en palabras que suenen bien para terminar diciendo algo que, si no está en concordancia con lo que se espera, igual va a resultar molesto.

Mientras a mí me sientan en el banquillo de los psicópatas, lo más probable es que esas mismas personas al que sí es psicópata, narcisista o tóxico le acepten un café, una charla y terminen pensando que acaban de conocer a la persona más amable del planeta.

Y aquí está precisamente el problema de las etiquetas: confundimos una conducta que nos incomoda con un perfil psicológico completo.

No todo psicópata es un asesino serial, y una persona directa, fría en apariencia o con dificultades para interpretar determinadas dinámicas sociales tampoco se convierte por eso en psicópata.

La diferencia entre la psicopatía y el autismo no está en una frase desagradable, en una expresión facial o en la manera de responder ante una situación concreta. Son condiciones y características completamente diferentes, y pretender identificarlas a partir de unos cuantos segundos de observación es, cuando menos, bastante arriesgado.

En el caso de la psicopatía, la empatía cognitiva puede encontrarse bastante desarrollada, mientras que la empatía emocional presenta importantes dificultades. En las personas autistas, en cambio, pueden existir dificultades para interpretar determinadas claves sociales, mientras que la experiencia emocional puede ser intensa y, ante situaciones con una fuerte carga afectiva, sentirse de manera desproporcionada.

Por eso, cuando alguien me dice que soy una psicópata porque no adorné una opinión sobre un buzo amarillo con Bob Esponja, tengo que reconocer que la conclusión resulta bastante creativa.

A un psicópata le importaría muy poco dónde esté estampado Bob Esponja, a menos que de ello dependa obtener algo realmente importante para su autosatisfacción. En mi caso, simplemente me salto el filtro para decir lo que creo y voy directo al punto.

En definitiva, no encuentro lógica en poner a mi cerebro a trabajar extra para encontrar las palabras indicadas. ¿Qué le hubiera dicho a mi amiga? Tal vez, algo así:

—Me encanta tu buzo. De hecho, Bob Esponja podría ser un poco más grande. Nada iguala al impacto visual de usar algo amarillo encendido con un espléndido sol de mediodía. Pero hoy es martes y creo que te luciría más si lo usas un jueves.

Lo que sí sé con exactitud es que de ahí a que yo sea una psicópata, el trecho es bastante largo, por no decir que tendría que volver a nacer y con otro tipo de configuración.

Así que el ofrecimiento de aprender a detectar a un psicópata o narcisista en un minuto no es más que ficción. Ni a Arthur Conan Doyle se le hubiera ocurrido darle tremenda capacidad a Sherlock Holmes.

¿O no, mi querido Watson?

Melina E. Bonello es escritora y columnista. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou.