La escultura adjunta a esta columna es de mi autoría y se llama Escafandra (2021). Es un casco de madera de ciprés, curvado como una gota de agua en posición inversa, pulido hasta que la veta queda a la vista como si fuera piel. Adentro, sin tocar ningún borde, flota un rostro tallado en combarbalita de textura lisa, simétrica y de un color oscuro que contrasta de manera orgánica con la calidez de la madera que lo rodea. Si se observa en mayor detalle, el rostro no mira hacia afuera, está recogido en su propia sombra, a media luz, como si prefiriera que no lo vieran del todo.

Cuando la hice, lejos estaba de pensar en lo que ahora quiero escribir. Mientras la miro sentado en el living de mi casa, no puedo evitar ver el rostro, frágil y voluble, humano, demasiado humano, en contraste con el casco de madera que lo protege y excede su naturaleza, un casco que nunca entra en contacto con la vitalidad que contiene, como un buzo dentro de su propia escafandra. Esa imagen me lleva a un lugar psicológico, íntimo y desconocido: a pensar en cómo "bajamos" a lo que evitamos, y sobre todo, en cómo logramos volver de ahí.

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James Hillman escribió un libro que sobresale de su opus teórico, uno bien conocido por los junguianos, El sueño y el inframundo, para pelearse con una costumbre que atraviesa buena parte de la psicología moderna: la de tratar lo oscuro como material en bruto que hay que subir a la luz, traducir, reinterpretar y aprovechar. Freud llamaba a esto "la vía regia": un camino de una sola mano, desde el inconsciente hacia la ciudad del yo. Hillman quiso desafiantemente mirar hacia el otro lado, invitándonos a preguntarnos: ¿qué se pierde cuando insistimos en que todo lo que baja tiene que volver a subir, y más aún, iluminado?

La respuesta, muy en la línea de la psicología arquetipal, nos la puede orientar la mitología clásica. No es casualidad que para dicho fin debamos tomar la mano de Hades, dios del inframundo, cuyo nombre en griego antiguo significa literalmente "el que no se deja ver". Esta somera comprensión ya nos da pistas respecto a la idea de que parte de la experiencia humana no está hecha para afrontar la luz de la consciencia. La razón: la exposición de estos contenidos a la luz de golpe los desvitaliza y los vacía de su imagen, cual fotografía que no respeta su proceso único y específico de revelado.

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En el libro de Hillman hay un capítulo que se llama "Hércules en la casa de Hades". Ahí cuenta algo relevante para nuestro análisis: plantea que hay más de una manera de descender (al inconsciente).

Hércules baja al inframundo a buscar a Cerbero, y lo hace exactamente como tiende a descender frente a todo lo que enfrenta: desenvainando la espada, hiriendo en el camino a Hades en el hombro, probando cada sombra que encuentra a su paso golpeándola para comprobar si es real —como si la única verdad posible fuera la que responde a un golpe de músculo—, para terminar ahorcando al perro de tres cabezas y arrastrarlo a la fuerza hacia la superficie. Y las sombras, cuenta Hillman, huyen apenas él llega, igual que un sueño se deshace apenas alguien enciende la luz del velador para anotarlo.

Por otra parte, Ulises y Eneas bajan de otra forma: lo hacen a través de la escucha. No arrastran nada de vuelta a los golpes; vuelven cambiados, con una lectura nueva de su propia vida, pero sin haber sacado ningún trofeo del inframundo a rastras. En ese mismo libro, Hillman lo dice con una frase que vale la pena repetir tal cual: "Rather than die to metaphor, we kill literally" —antes que morir en sentido figurado, matamos en sentido literal—. Nos negamos a que algo en nosotros muera simbólicamente, y por eso terminamos atacando la muerte misma, a golpes, con la fuerza que nos sirve arriba (consciencia) pero que abajo (inconsciencia) no sirve para nada.

Esa es la advertencia que casi nadie escucha: el problema nunca fue bajar. El problema es bajar con la actitud de Hércules, con el mismo músculo y la misma urgencia de comprobarlo todo, de subirlo todo, de convertir cada sombra en trofeo.

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Vuelvo a la escultura, entonces. El rostro que esculpí no está hecho para que Hércules lo arrastre afuera, y por una sencilla razón. Está adentro del casco, protegido no por rejas sino por la simple distancia. Nadie que meta la mano ahí sin cuidado va a sacar algo intacto. La cara de piedra necesita ese espacio de sombra alrededor para seguir siendo lo que es. Sacarla a la fuerza a plena luz, o esculpirla de nuevo para que combine con la madera pulida que la rodea, sería precisamente el obrar herculeano: el que precisa convertir una imagen en trofeo, y en el proceso, perder la imagen.

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El peligro no termina cuando por fin alguien logra bajar con el cuidado debido. Empieza otra vez, de manera distinta, en el momento de subir.

Ahora bien, hay algo que Hillman no desarrolla en mayor detalle y que a mí me interesa particularmente en función de mi ejercicio clínico. El peligro no termina cuando por fin alguien logra bajar con el cuidado debido. Empieza otra vez, de manera distinta, en el momento de subir.

Abordémoslo desde un ejemplo concreto. Cualquiera que haya buceado sabe que la profundidad rara vez mata por sí sola, sino que lo que mayormente mata es la velocidad del regreso. Sin necesidad de profundizar en el tema, aludo a la acumulación de gases en la sangre y a la diferencia de presión: si el ascenso es demasiado rápido, esos gases forman burbujas en la sangre y en las articulaciones, malestar llamado descompresión. ¿Qué nos dice esto? Nada más que la profundidad no es nuestro verdugo. Es el apuro por volver a la superficie.

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Traducido a lo psíquico, lo podemos ver en personas —y terapeutas— que finalmente logran bajar a mirar algo que llevaban años evitando —un duelo, una vergüenza perenne, una verdad incómoda— y que, apenas tocan ese fondo, quieren subir con eso de inmediato, convertirlo en una conclusión coherente, un aprendizaje presentable, algo que se pueda contar en una frase antes de que se termine la sesión; es el mismísimo Hércules, subiendo a garrotazos lo que encontró abajo, sin darle tiempo a nada.

El resultado no suele ser integración o apropiación; como quiera llamársele es lo menos relevante. Lo que emerge suele ser una especie de intoxicación. Algunos la viven como una euforia breve y rara, una necesidad de explicarle a todo el mundo lo que se "entendió", seguida casi siempre de un desplome, de una decepción sorda y profunda. Desde mi punto de vista, esta decepción existencial ocurre porque el sujeto intuye que, en el apuro por subir con un trofeo luminoso en las manos, dejó la verdadera sustancia allá abajo. En otras palabras, se ha traicionado la experiencia para hacerla encajar en el molde del ego. Llamémoslo tentativamente descompresión psíquica, aunque no lleve ese nombre en ningún manual; misma lógica a la que invita el repensar las cosas, ser capaces de bajar y subir sin temor a que la comprensión resultante encaje en una preconcepción teórica.

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El mejor ejemplo lo tenemos en Chile, uno masificado a más no poder, un verdadero mito endémico y contemporáneo, a mi juicio, a la altura de cualquier mito griego. Hablo de los 33 mineros de Atacama, en 2010. En la cronología de los hechos, cuando por fin fue posible rescatarlos, nadie improvisó la subida. Se elaboró un protocolo logístico, ingenieril, médico y psicológico completo, con apoyo colectivo de diversas entidades extranjeras del más alto nivel en sus materias de especialización, un protocolo pensado enteramente para que el regreso a la superficie fuera progresivo, escalonado, responsable, sostenido paso a paso.

Como pocas veces se ha visto, parte sustancial de nuestro país entendió, sin necesidad de leer a Hillman, algo que la psicología a veces olvida: que volver demasiado rápido de una profundidad así puede ser tan dañino como haberse quedado atrapado abajo.

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Es en este punto donde cierra el círculo con la escultura. La escafandra no es solamente lo que permite bajar y observar las profundidades sin que la presión aplaste a quien desciende. Es, ante todo, lo que regula y permite el regreso. El tubo que conecta el casco con la superficie es la línea de aire que hace posible tomarse el tiempo necesario para subir sin inmolarse psíquicamente. Lo que permite es que quien esté conectado a ese verdadero "cordón umbilical" pueda quedarse abajo el rato que haga falta, exactamente porque sabe que no tiene que salir corriendo.

El trabajo terapéutico, en el fondo, se parece más a fabricar esa línea de aire que a enseñarle a alguien a contener la respiración y bajar solo. Se trata de sostener la conexión el tiempo suficiente en medio de una tensión constante: una caracterizada por la permanente fricción entre la urgencia de un mundo que nos exige resoluciones eficientes y aprendizajes rápidos, y la temporalidad de la psique, que avanza mediante sucesivas negaciones dialécticas —cada una interiorizando lo anterior en una comprensión más honda—, ajena a la lógica lineal y acumulativa del mundo exterior. Construir esa escafandra clínica es resistir a la prisa e inmediatez. Es permitir que el descenso no tenga que resolverse en una sola sesión, en una sola frase, en un solo insight que se pueda repetir en la próxima comida o reunión con amigos.

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El rostro de mi escultura sigue en el living de mi casa, en la sombra, adentro del casco y sin tocar los bordes. Mientras viva, no lo voy a sacar de ahí: tiene todo lo que necesita para poder ser contemplado, más allá de los gustos artísticos de cada quien. En consecuencia con lo recién planteado, puedo deducir con confianza que hay experiencias que no están hechas para que las saquemos a la fuerza a la luz completa, ni menos para que las obliguemos a articularse en explicaciones transparentes y fáciles de llevar. Algunas sombras tienen el legítimo derecho de permanecer inarticuladas y difusas, de habitar su propio mutismo sin tener que confesar nada ni volverse útiles para nuestra biografía consciente, precisamente porque exceden nuestra capacidad demasiado humana. Están hechas para que aprendamos a visitarlas con el equipo adecuado, a respetarlas en su opacidad, a quedarnos el tiempo justo, y a subir despacio, con el aire todavía conectado a algo que nos espera arriba.

En realidad, el peligro nunca estuvo en la profundidad. Estuvo siempre en la prisa por volver.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en www.carlosspoerer.cl

Su libro Decepción: ontología de una promesa rota se publica a fines de 2026. Esta columna dialoga con Hillman, J. (1979). The Dream and the Underworld. Harper & Row.