¿Cómo es la vida de un adolescente? En mi trabajo diario en TICABA Psicología me encuentro a menudo con adolescentes que llegan cansados, completamente abatidos. Cuando exploro cómo es su día a día, descubro a una persona que está tratando de hacerlo lo mejor que puede.
Recuerdo, por ejemplo, a Daniel (nombre ficticio), un adolescente que llegó a consulta agotado. Al preguntarle por su semana, fue enumerando las clases, los exámenes, los entrenamientos y todas las obligaciones con las que trataba de cumplir. Cuando le pregunté qué hacía habitualmente en su tiempo libre, le costó responder. Después de pensarlo, mencionó el móvil, quedar alguna vez con sus amigos y descansar. Al preguntarle qué cosas disfrutaba realmente o cuáles elegiría si tuviera una tarde libre, volvió a quedarse sin una respuesta clara. No parecía una pregunta que se hiciera con frecuencia.
Va a clase y se esfuerza por sacar las mejores notas y rendir: intenta ser el estudiante perfecto. Procura relacionarse de la mejor manera posible con sus compañeros: intenta ser el amigo perfecto. Por las tardes, después de su particular jornada «laboral», trata de cumplir también con las actividades extraescolares: ser el mejor en el equipo de fútbol, destacar en las clases de inglés y así hasta un largo etcétera.
Todo ello aparece revestido de buenas intenciones y de promesas de éxito para su futuro. Desde fuera, el entorno contempla esta rutina como la vida habitual de cualquier adolescente. Sin embargo, entre tantas obligaciones y expectativas, a menudo se ve muy poco al propio adolescente. Esta realidad se aproxima a la sociedad del cansancio descrita por Byung-Chul Han (2015): el adolescente ya no necesita que alguien le recuerde constantemente lo que debe hacer, porque ha interiorizado esas expectativas y trata de cumplirlas por sí mismo. Desde fuera, esto puede llevarnos a una conclusión aparentemente sencilla: «Es él mismo quien se exige».
Hasta aquí, todo podría parecer relativamente habitual. Venimos de generaciones que, en muchos casos, atravesaron dificultades y tuvieron que convivir con la falta de dinero, oportunidades o recursos. Por eso, parece que «solamente» se trata de enseñar al adolescente que el esfuerzo es la manera de conseguir aquello que se propone y el camino que conduce al éxito.
El problema aparece cuando esta exigencia deja de proceder únicamente del exterior. Cuando el adolescente llega a consulta porque algo en él se ha roto, muchas veces ya no hace falta que su entorno continúe presionándolo. Desde fuera, podemos interpretar que esa presión nace únicamente de él y acabar concluyendo: «Es él mismo quien se exige».
Me encuentro entonces con un adolescente que lucha de manera exhaustiva por alcanzar sus sueños, aquellos que parecen prometerle la felicidad: ser el mejor en el deporte que practica, ser popular, tener un cuerpo perfecto… Sin embargo, cuando desde fuera parece que lo tiene todo y que ha conseguido aquello que perseguía, puede encontrarse más abatido que nunca.
Quizá el problema no sea que nada de eso resulte suficiente, sino que esos objetivos no le han permitido descubrir quién es realmente.
Quizá el problema no sea que nada de eso resulte suficiente, sino que esos objetivos no le han permitido descubrir quién es realmente. En este sentido, Winnicott describió el verdadero self como aquello que se relaciona con la espontaneidad y con la posibilidad de sentirse real. Cuando el adolescente vive tratando de adaptarse a las expectativas externas, puede terminar alejándose de esa parte más genuina de sí mismo (Winnicott, 1971).
La adolescencia es precisamente el momento de conocerse, de descubrir quién se es, qué gusta y qué sueños se desean cumplir. Es también el momento de una ruptura que, a menudo, resulta dolorosa para los padres: sus hijos dejan de responder plenamente a sus deseos, anhelos y aspiraciones. El adolescente comienza entonces a separarse de todo ello para construir su propia identidad, una de las principales tareas de esta etapa del desarrollo (Blos, 1962; Erikson, 1968).
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No obstante, después de esforzarse por llegar a todo, controlarlo todo y mantener su vida bajo control, el adolescente puede terminar desbordándose. Cuando esto sucede, aparece además la culpa: la culpa por no haber sido capaz de controlar lo último que quedaba por controlar, su propio síntoma. En ese momento, también puede resultar más difícil comprender qué está sintiendo y dar sentido a lo que le sucede (Allen et al., 2008).
Sin embargo, ese síntoma no es más que la expresión de todo lo anterior: de una vida construida bajo la exigencia. Después de tratar de sostenerlo todo durante tanto tiempo, algo termina por desbordarse. Comprender el síntoma dentro de la historia del adolescente permite separarlo de aquello que es y entenderlo como una expresión de lo que está viviendo (White & Epston, 1990).
Por eso, no se trata de eliminar los límites, las responsabilidades o las actividades extraescolares, sino de preguntarnos cuánto espacio queda en la vida del adolescente para descansar, aburrirse, elegir y estar consigo mismo sin tener que demostrar nada. La adolescencia es también el momento de encontrarse con uno mismo.
Ante esta realidad, necesitamos revisar qué estamos haciendo como sociedad cuando los adolescentes viven bajo una exigencia constante. Es necesario pasar más tiempo con ellos, ayudarles a descubrir qué es realmente importante y evitar que sean únicamente el éxito, el dinero y el rendimiento los que determinen aquello que deben valorar y perseguir.
El nombre y algunos detalles del caso presentado han sido modificados para preservar la confidencialidad.
Referencias
Allen, J. G., Fonagy, P., & Bateman, A. W. (2008). Mentalizing in clinical practice. American Psychiatric Publishing.
Blos, P. (1962). On adolescence: A psychoanalytic interpretation. The Free Press.
Erikson, E. H. (1968). Identity: Youth and crisis. W. W. Norton & Company.
Han, B.-C. (2015). The burnout society. Stanford University Press.
White, M., & Epston, D. (1990). Narrative means to therapeutic ends. W. W. Norton & Company.
Winnicott, D. W. (1971). Playing and reality. Tavistock Publications.