A propósito de la pronta publicación de mi libro, "Decepción. Ontología de una promesa rota", es que escribo esta columna tomando parte de uno de los temas abordados en este.
Como suele suceder en los espacios terapéuticos, las palabras suelen tomar protagonismo, y esta vez no fue la excepción. Una tarde cualquiera, hablábamos con un paciente de por qué le costaba tanto dejar ir algo que ya no tenía futuro alguno; nada nuevo bajo el sol. Lo interesante en este caso fue cómo lo planteó de manera análoga: "Lo que me viene pasando es como Tarzán. No se puede avanzar tomando una liana en cada mano. Tiene que soltar una para poder tomar la otra. Tiene que lanzarse. Asumir el riesgo de caer."
De esas frases difíciles de olvidar la verdad, y es que a mi juicio, más que representar de manera precisa una idea, la encarnan. En la experiencia de mi paciente, aquel instante en que después de que la promesa se rompe, uno se ve obligado a elegir entre dos caminos completamente distintos. Desde la narrativa en la que estamos hablando, una opción sería quedarse sosteniendo la liana vieja, aun cuando no lleve a ningún lado, mientras que la segunda alternativa sería soltar la liana sin saber si es que la mano va a alcanzar la siguiente.
En mi libro, estas dos respuestas frente a la decepción tienen un nombre concreto: martirio y sacrificio. Precisemos primero que no corresponden a categorías morales —no hay virtud en una ni defecto en la otra— ni menos tienen que ver con el sentido religioso que solemos darles. Son dos estructuras psíquicas con consecuencias radicalmente distintas, y que cabe destacar, todos las hemos vivido (en tanto decepción entendida como experiencia ontológica).
Vale la pena empezar entonces por las palabras mismas, porque ambas han recorrido un camino curioso para llegar al nivel de comprensión que propongo.
Martirio viene del griego mártys: testigo. En su sentido original no aludía al sufrimiento ni a la inmolación, sino al acto lúcido de dar testimonio frente a una verdad. Fue solo con el paso de los siglos que la palabra se oscureció —o divinizó, dependiendo desde el punto de vista por supuesto—, hasta llegar a nombrar un testimonio que se arrastra hasta sus consecuencias más tortuosas.
En contraste, sacrificio viene del latín sacer-facere: hacer sagrado. Tampoco significaba originalmente dolor ni castigo, sino el gesto de apartar algo del uso común para ofrecerlo a una dimensión de sentido mayor. Estar dispuesto a dar el último aliento en función de algo trascendente, a un misterio por cierto.
No es sorpresa entonces observar que la etimología de ambas palabras emerge de algo luminoso —dar testimonio, hacer sagrado— y las dos terminaron asociadas casi exclusivamente al sufrimiento. Esa deriva dice algo sobre lo que nuestra cultura terminó entendiendo por perder algo, nada menos evidente que perder solo puede doler, nunca revelar.
Profundicemos entonces, el martirio psíquico ocurre cuando alguien deja de simplemente estar decepcionado y pasa a ser, ante todo, un decepcionado. Así, la herida se convierte en el eje que organiza toda su existencia, para aprender a reírse entre los golpes, a dejar que la sangre corra en el mutismo, convencido de que el entorno tiene razón y él está equivocado; fenomenológicamente lo siente en cómo lo miran, lo confirma en cómo lo tratan.
Veámoslo en los hechos, específicamente en una mujer que atendí durante un tiempo, que llevaba años hablando de cómo su expareja la había traicionado; una verdadera experiencia normativa atemporal. No importaba de qué estuviéramos hablando —un vínculo nuevo, una situación cualquiera de intimidad—, la conversación terminaba siempre en el mismo lugar. La experiencia se había convertido en ella, la mujer traicionada que merece que el mundo por fin reconozca su dolor.
La filósofa política Wendy Brown escribió algo que ilumina de manera precisa este mecanismo. La autora habla de que ciertas identidades construidas alrededor de una herida terminan necesitando esa herida para seguir existiendo. Sanar amenazaría la identidad misma. Y hay que decirlo de manera franca y dura, el martirio tiene una ganancia secundaria innegable. Mientras alguien permanece identificado con lo que le pasó, queda eximido de hacerse cargo de lo que está pasando ahora. Todo lo que hoy no funciona puede explicarse por aquello que ocurrió antes. "Yo estaría bien si..." es un condicional que suspende la vida entera, porque convierte el presente en irrelevante y el futuro en una repetición anticipada del pasado.
Por otra parte, el sacrificio psíquico se mueve en la dirección opuesta. Quien sacrifica no se identifica con la herida, por el sencillo motivo de que reconoce que algo tiene que morir para que otra cosa pueda nacer. Así, la decepción deja de ser una identidad y se convierte en un umbral de paso.
Abordémoslo desde otro caso clínico. Un hombre adulto que pasó años esperando que su padre, antes de morir, le dijera que estaba orgulloso de él; cuestión que evidentemente no ocurrió. Aquel paciente tuvo que enfrentar la pugna del elegir, entre el aferrarse a la herida de no haber sido reconocido, o entregar esa expectativa al vacío, aceptar que ya nunca iba a ocurrir y construir su vida desde otro lugar. En este caso, eligió lo segundo. Por cierto el dolor no desapareció, no obstante, con el tiempo, dejó de ser lo único que él era.
Convengamos un criterio determinante que tiende a malentenderse respecto al sacrificio. No es un evento puntual ni un momento dramático de renuncia heroica; esa lectura, tan popular en cierta psicología junguiana clásica que distorsiona una lógica que ya tiene todo lo necesario para comprenderse por sí misma. Lo significativo a comprender, es que el sacrificio genuino es lento, casi siempre imperceptible. No es una decisión que se toma de una vez por todas; la ilusión del absoluto resolutivo neurótico. Desde mi perspectiva, es una dirección que se elige a conciencia de nuevo cada día, frente a la tentación constante de volver al martirio, que siempre está ahí, disponible, tibio y cómodo.
El martirio se aferra a la liana vieja porque al menos sabe qué se siente sostenerla. El sacrificio la suelta antes de ver la próxima.
Por tanto, la diferencia esencial entre ambos es, una diferencia de tiempo. El martirio mira hacia atrás, todo lo que ocurre en el presente se interpreta a la luz de la herida original (absoluto neurótico), y el futuro queda reducido a repetición o a reparación imposible. El sacrificio, sin negar el dolor ni minimizarlo, abre el futuro como posibilidad genuinamente abierta, no promete que lo que venga sea mejor, solo permite que exista como algo por decidir, a mi juicio un misterio, jamás como algo ya escrito de antemano.
Ahora bien, sería injusto presentar el martirio como simple merma o debilidad, porque como ya mencioné, cumple una función real, aunque paradójica. Nos protege contra algo todavía más aterrador que la herida misma, que es el vacío absoluto. Mientras alguien se identifica con su dolor, tiene algo a mano, quizás una historia, identidad o razón de vida. El sacrificio, en cambio, arroja directamente al no saber, a la incertidumbre y a la ingenuidad. Dicho esto, no sorprende que tanta gente se aferre al martirio incluso cuando puede ver, con total claridad, que no la lleva a ningún lado. El dolor conocido como tal, resulta siempre menos aterrador que la intemperie y la desnudez de lo desconocido.
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Hay una pregunta más incómoda todavía, que el analista Wolfgang Giegerich obliga a hacerse. Regresemos a la antigüedad para dicho fin. El sacrificio en otras épocas era literal, es decir, se mataba al animal, la sangre corría de verdad. El acto era irreversible, y por eso mismo producía un efecto real. Con el tiempo, esa forma de sacrificio se interiorizó en la conciencia; dejamos de derramar sangre afuera y empezamos a hablar de "sacrificar" una expectativa, una identidad, una promesa, todo puertas adentro. Fue sin duda un logro inmenso de la conciencia humana. Pero tuvo un costo que Giegerich advirtió, y es que sin ese anclaje en lo efectivo, corremos el riesgo de que nuestros símbolos se conviertan en meros tigres de papel.
La pregunta que hay que hacer entonces es, cuando decimos que alguien "sacrifica" una expectativa, ¿está ocurriendo algo real, o solo estamos jugando con una metáfora cómoda que no corta nada? El sacrificio psíquico genuino tiene que encontrar su propia forma de eficacia. Un acto que, sin derramar sangre literal, corte de verdad a través de las identificaciones del yo. Que atraviese, en la experiencia y no solo en la teoría las defensas que uno mismo construyó para no tener que sentir la pérdida completa; es cortar la propia rama del árbol donde uno está sentado.
Complementariamente, el filósofo checo Jan Patočka, que pensó buena parte de su obra desde la cercanía constante con la muerte, escribió una frase que condensa exactamente esa exigencia: "Solo quien vive en constante conciencia de la muerte puede vivir verdaderamente libre." El sacrificio psíquico pide algo desde esa lógica estructural, el sostener el terror del vacío sin apurarse a llenarlo con la primera certeza disponible, atravesar el duelo entero sin comprarlo con una compensación rápida.
Para cerrar, vuelvo al paciente y su imagen de Tarzán. Nadie avanza sosteniendo dos lianas al mismo tiempo. En algún momento hay que soltar una, sin ninguna garantía de que la mano vaya a alcanzar la siguiente. Eso es, exactamente, lo que distingue al sacrificio del martirio. El martirio se aferra a la liana vieja porque al menos sabe qué se siente sostenerla. El sacrificio la suelta antes de ver la próxima, y por un instante —a veces largo, a veces insoportable— no hay nada de qué sostenerse.
Personalmente considero que ese instante de caída libre, sin nada en las manos, es probablemente lo más parecido que existe a estar realmente vivo.