Hay personas que llegan tarde a todo. A una comida, a una reunión, al cine, a un cumpleaños. Incluso se atrasan a panoramas que ellas mismas organizaron semanas antes.

Muchas veces, quien se retrasa reconoce perfectamente que tiene un problema. Sabe que calcula mal los tiempos, que se distrae de más, que intenta hacer una última cosa antes de salir, que subestima los minutos que pasan en la ducha y que, contra toda evidencia acumulada, sigue confiando en que es posible cruzar Santiago en veinte minutos.

Reconocido el problema, aparecen las promesas. "Te juro que la próxima saldré antes", "voy a poner una alarma", "tengo que organizarme mejor". Pero pasan las semanas, el atraso insiste y llegar tarde termina convirtiéndose en un hábito difícil de abandonar.

Ahí suele aparecer la pregunta: "¿Qué tengo que cambiar para dejar de llegar atrasado?". Es una buena interrogante. Supone cierta responsabilidad, reconoce una dificultad y busca una manera de dejar de repetirla. Sin embargo, deja fuera una parte importante de la escena.

Quien se atrasa y quienes esperan

Hace un tiempo presencié una discusión con alguien que tenía fama de llegar tarde. Sus amigos se lo reprochaban con una mezcla de molestia y resignación. Había ocurrido innumerables veces. Quedaban a una hora, llegaban todos y luego comenzaba la espera. Quince minutos. Media hora. Algún mensaje preguntando dónde estaba. La respuesta "voy en camino", probablemente enviada desde la mismísima ducha.

En medio de la discusión, alguien reconoció algo importante. Ellos también contribuían, de alguna manera, a que la situación siguiera repitiéndose. Siempre lo esperaban.

Si habían quedado de comer, demoraban el pedido. Si tenían que comenzar algo, postergaban el inicio. Si había que entrar a algún lugar, se quedaban afuera. De una manera bastante eficiente, habían conseguido que los atrasos de su amigo tuvieran consecuencias para todo el grupo menos para él.

Aquí aparece una dimensión del problema que suele pasar inadvertida. Hay conductas que atribuimos enteramente a una persona, aunque su permanencia en el tiempo depende también de lo que ocurre alrededor. Quien llega tarde es responsable de su atraso, por supuesto. Pero que ese hábito pueda repetirse una y otra vez también depende de lo que encuentra cuando finalmente llega.

Para hacerlo más evidente, volvamos al mismo grupo. Cinco personas suelen esperar treinta minutos a que aparezca el integrante restante. Para quien llega tarde, esa media hora puede incluso haber sido útil: terminó de arreglarse, hizo una última cosa o simplemente salió más tarde. Para cada uno de los demás, en cambio, fueron treinta minutos destinados a esperar, aguantar el hambre o aplazar una conversación que todavía no podía comenzar.

En total, ciento cincuenta minutos de demora repartidos entre cinco personas que quedaron suspendidas mirando la puerta o revisando WhatsApp. Vista así, la impuntualidad tiene una economía bastante conveniente: el beneficio queda concentrado y el costo se distribuye.

Dar lugar a las consecuencias

¿Qué sucede cuando los demás dejan de absorber las consecuencias del atraso? La comida comienza, la reunión parte a la hora acordada, la conversación avanza, la película arranca. Quien llega después tendrá que incorporarse a algo que ya está ocurriendo, pedir cuando los demás van por el segundo plato, encontrarse con una decisión que el grupo ya tomó o perderse el canto de cumpleaños feliz.

Nadie necesita inventar una penitencia. Basta con dejar de borrar las consecuencias que el atraso ya tenía.

La reflexión puede parecer nimia o incluso excesiva para algo tan cotidiano, pero su alcance va más allá de la puntualidad.

Hay compañeros de trabajo que pueden desentenderse de ciertas tareas porque saben que alguien terminará haciéndose cargo. Amigos que nunca organizan nada porque saben que otro acabará haciéndolo. Personas que acumulan problemas hasta que una urgencia moviliza a toda la familia. Alguien desaparece durante semanas y vuelve cuando necesita algo, encontrando disponible a la misma persona que llevaba días jurando que esta vez sería distinto.

En cada caso cambian las razones, los grados de responsabilidad y también aquello que está en juego. Pero algo de la estructura se repite. Una conducta genera un costo y otra persona termina ocupándose de amortiguarlo.

Y entonces el problema se vuelve algo más incómodo, porque ya no basta con preguntarse por qué alguien hace lo que hace. También conviene observar qué hacen los demás cada vez que eso ocurre.

Uno llega tarde y otro espera. Uno olvida y otro recuerda. Uno posterga y otro resuelve. Con suficiente repetición, ambas posiciones comienzan a encajar demasiado bien.

¿Por qué seguimos esperando?

A veces esperamos porque queremos ser considerados. Porque suponemos que el otro tuvo una complicación. Porque veinte minutos realmente no importan demasiado. Hay ocasiones en que hacerlo constituye simplemente un gesto amable.

En otras, la cuestión es menos sencilla. Nos incomoda reclamar. Nos parece mala onda empezar sin alguien. Preferimos perder media hora antes que soportar la tensión que implicaría decir "nosotros vamos a partir". Nos quejamos de una conducta mientras evitamos cuidadosamente cualquier situación que pudiera obligar al otro a enfrentarse con ella.

Entonces se produce una paradoja bastante cotidiana. Queremos que alguien cambie, pero conservamos intactas las condiciones que le permiten seguir exactamente igual.

Esto también explica por qué ciertos problemas parecen eternizarse en las relaciones. No necesariamente porque una persona carezca de voluntad para cambiar, sino porque la relación puede ir acomodándose alrededor de esa conducta. Uno llega tarde y otro espera. Uno olvida y otro recuerda. Uno posterga y otro resuelve. Uno desordena y otro recoge. Con suficiente repetición, ambas posiciones comienzan a encajar demasiado bien.

Algo para pensar, para ti

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La dificultad surge cuando uno de los dos quiere que algo cambie sin modificar su propia parte en ese arreglo. Podemos pedirle al otro que sea más responsable y seguir haciéndonos cargo cada vez que no lo es. Podemos exigir puntualidad mientras seguimos retrasando todo hasta que llegue. Podemos decir que estamos cansados de resolver sus problemas y aparecer de inmediato ante la próxima urgencia.

En esos casos, la cuestión no consiste en impartir castigos ni lecciones. Se trata, más sencillamente, de dejar de proteger constantemente al otro de aquello que genera su propia conducta.

Por eso conviene pensar los hábitos un poco más allá de quien los tiene. Muchas conductas personales viven también en las respuestas que reciben, en las expectativas que se forman a su alrededor y en las pequeñas concesiones que hacemos para evitar conflictos.

La próxima vez que alguien pregunte cómo puede dejar de llegar tarde, entonces, habrá muchas cosas que podría revisar: sus alarmas, sus cálculos, ese chamullo según el cual ducharse, arreglarse y cruzar Santiago constituyen una actividad de quince minutos.

Pero quienes lo esperan también podrían hacerse una pregunta.

¿Por qué seguimos esperando?

Rodrigo Pantoja Manríquez es psicólogo y filósofo. Su escritura se sitúa en el cruce entre psicoanálisis y existencialismo, con especial atención a los problemas contemporáneos de la subjetividad. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou. Más en Instagram