Me encantan las películas de terror paranormal. Sin embargo, aparte de mi abuela, no he encontrado con quién compartir esta afición, así que me acostumbré a disfrutarla sola. Hoy, buscando algo que ver, se cruzó la película El Exorcista y me fue imposible no recordar lo que te voy a compartir ahora.
Hará unos veinte años de esto. En aquella época no tenía idea de mi condición autista, pero sí tenía muy claro que funcionaba distinto a la mayoría de las personas que conocía.
Uno de esos días en los que estaba conversando con un amigo, este, sin más, me dijo:
—Sé cómo podrías solucionar tu problema.
Esto ya me sonó extraño, porque tengo la impresión de que, para solucionar un problema, hay que comenzar por saber cuál es. Así que él, por lo visto, ya había determinado lo que me pasaba y encontrado cómo darle fin.
En aras de mi acostumbrada curiosidad, le dije:
—Perfecto. ¿Qué tengo que hacer?
Y, sin dudarlo, me respondió:
—Tienes que hacerte un exorcismo.
Confieso que, en ese preciso instante, no supe si llorar o reír. Respiré profundo y le pregunté si me estaba hablando en serio, a lo que contestó con un contundente:
—Por supuesto que es en serio. Además, te puedo ayudar a encontrar un sacerdote que realiza exorcismos.
Ahí se me borró la duda entre llorar o reír y sentí terror.
Jamás he cuestionado que su intención fuera buena. De hecho, cuando le importamos a alguien y estamos en una situación difícil, las personas buscan ayudarnos desde sus capacidades y, en este caso, desde sus creencias.
Miré en todas direcciones, buscando una respuesta que no hiriera sus sentimientos y que, al mismo tiempo, me dejara por fuera de la lista de personas a ser exorcizadas. Así que le dije que lo iba a pensar e investigar bien sobre las posibilidades de que funcionara.
No sé si comprendió que la idea no me había sonado muy grata o si de verdad creyó lo que le dije. El punto es que nunca me volvió a hablar del tema.
Reconozco que, cuando estoy saturada y bastante agotada por todos los estímulos sensoriales o emocionales, me mezo bastante, aprieto mis manos, tenso el cuerpo y mi tic del cuello se agudiza. Pero, créanme, estoy muy lejos de verme como Emily Rose en la película El Exorcista.
Al final, no es que él tuviera un nombre exacto para definir lo que me pasaba, como yo creí. Por el contrario, el desconocimiento de este aspecto es precisamente lo que lo llevó a pensar en algún tipo de posesión maligna como causante de mi mal.
Cada persona que presentaba conductas fuera de la norma podía ser considerada poseída, porque los seres humanos tenemos la tendencia a dar explicaciones sobrenaturales a todo aquello que se escapa de nuestra lógica.
Aunque parezca increíble, este tipo de creencias han acompañado a la humanidad a través de los siglos. Bajo nuestra configuración cultural, esta idea está profundamente relacionada con el catolicismo y, de hecho, muchas personas piensan que su origen pertenece a dicha religión.
Empero, esto se remonta mucho más atrás. En la antigua Mesopotamia ya se realizaban exorcismos porque se creía que los demonios eran causantes de enfermedades tanto físicas como mentales.
Claramente, no podríamos hablar de autismo para esa época porque sería un anacronismo. Sin embargo, pensar que no existieran personas con dicha condición en tiempos pretéritos sería absurdo.
Cada persona que presentaba conductas fuera de la norma podía ser considerada poseída, no necesariamente porque fuera un recurso simplista para explicar algo complejo, sino porque los seres humanos, con nuestra capacidad tanto para resolver situaciones difíciles como para imaginar posibles soluciones, tenemos la tendencia a dar explicaciones sobrenaturales a todo aquello que se escapa de nuestra lógica.
En el Medioevo —siglo XII—, el exorcismo se transformó a raíz de las sectas consideradas heréticas, que incluyeron, además de la posesión maligna, la limpieza de las ideas falsas.
Ahora bien, ¿qué era lo falso y qué era lo verdadero? Eso estaba definido por el orden jerárquico propio de quienes tenían el control.
El teólogo Santo Tomás de Aquino contribuyó bastante al estudio de la demonología y a la definición de en qué casos se podía practicar un exorcismo.
Luego vino la Reforma protestante, que dividió el cristianismo, y esto hizo que la demonización de los otros se hiciera más presente.
Después de todo, cualquier recurso parece terminar siendo válido en aras de mantener el control, no solo a nivel social, sino también conforme a la diferencia que existe entre los seres humanos y su interpretación del mundo.
Algo para pensar, para ti
Una pieza nueva cada semana. Sin ruido ni relleno.
Pienso en mi amigo e imagino que, si hubiera estado en el Medioevo, no creo que me hubiera permitido elegir si me parecía o no una posibilidad que me exorcizaran. A mí me habrían llevado directo ante el sacerdote y, seguramente, ante la práctica del exorcismo, ahí sí habría terminado hablando hasta en arameo.
Nos movemos lentamente dentro de lo que es el pensamiento colectivo. De hecho, el libro De exorcismo et supplicationibus quibusdam tiene una versión de 1614 y otra de 1999 que son bastante similares.
El avance más notorio es que, si hoy en día alguien quiere practicar un exorcismo, primero debe pasar por una revisión médica para descartar cualquier enfermedad o condición. De no hallarse una explicación científica, entonces, al parecer, la respuesta puede encontrarse automáticamente en la zona de los demonios.
No sé si estés de acuerdo o no con lo siguiente, pero creo que la fe está promovida, en parte, por el miedo que sentimos ante todo aquello que nos representa una amenaza, bien sea racional o irracional. También creo que esto nos ayuda, en muchas ocasiones, a encontrar soluciones, a transitar los momentos difíciles, las pérdidas y, en general, el caos.
Hay quienes dicen no creer en nada. Como yo lo veo, eso en sí mismo es contradictorio: estamos diseñados para creer, y creer en la nada es creer en algo. Imagino que a esa frase le hace falta definir en qué no se cree, bien sea en Dios, en los ángeles, en los espíritus o en cualquier otro símbolo que carece de verificación tangible.
¿Alguna vez has estado ante una situación que te aterra y, aun sin saber exactamente en qué crees, has terminado rezando?
Creer que un exorcismo puede salvar a alguien de algún padecimiento podría ser viable. En el caso de esta práctica —como ha pasado tantas veces—, si la persona muere, la explicación se hace lógica: el mal ha ganado, el demonio logró llevarse a esa persona.
Porque encontrar consuelo en lo inexplicable también es una forma de explicación para nuestra mente. Para nuestra necesidad de no querer sufrir, aunque sepamos que el sufrimiento hace parte de la vida, preferimos fantasear con la idea de un mundo perfectamente explicado para nuestro bien.
Si nos pasa algo negativo, es porque algo mejor vendrá. Y así vamos consolándonos.
Creer sin cuestionar ni preguntar por los orígenes de nuestras creencias puede llevar a las personas a crear estructuras mentales que parecieran ser inamovibles.
Si yo, por ejemplo, me hubiera puesto a contrariar a mi amigo, a tratar de disuadirlo de su creencia, seguramente hasta el sol de hoy estaría aún discutiendo con él.
Las creencias no emergen solas en la mente de alguien; tienen raíces que muchas veces van de generación en generación y que, culturalmente, van dándole sentido a la forma en la que interpretamos y nos posicionamos ante un mundo que no siempre trae consigo las respuestas a nuestros temores. Sin embargo, poner en práctica este tipo de alternativa puede hacer que alguien vaya al cielo antes de tiempo, así que, desde mi óptica, creo que los exorcismos es mejor dejarlos al séptimo arte.