¿«No soy suficiente para el vínculo»? A raíz de esta pregunta, me decido a escribir sobre el «rechazo social o emocional en los vínculos afectivos». Desde allí escucho rápidamente palabras como susurros que me dicen: «exclusión, tristeza, frustración, rechazo, culpa, desamparo, rabia, desaprobación». ¿Todos escucharemos estas palabras a la hora de sentirnos rechazados por nuestros vínculos afectivos? ¿Por qué el rechazo de personas importantes en nuestras vidas nos puede llevar a ideas radicales acerca de nuestra propia valía como seres humanos?

En mi consciencia, el rechazo emocional o social se suele sentir como una llaga que cruza mis órganos y, en especial, mi corazón, lleno de fantasías y esperanzas por establecer vínculos de calidad. Vínculos en los que te pregunten cómo te sientes, donde se acuerden de tu helado favorito o de tu cumpleaños; en los que puedas encontrar refugio cuando necesites hacerte bolita por el ajetreo del día a día. Un vínculo donde no solo escuches, sino en el que también te escuchen y sientas el genuino interés de la otra persona por lo que dices.

En aquella fantasía del vínculo construido en la memoria se establece un pacto de hermandad en el que, por más compleja que sea la misión de acompañarse, siempre se está dispuesto a escuchar, contener o abrazar al otro. Ahora bien, el problema de esta fantasía llega cuando se ausenta todo el deseo de aprobación y compromiso en la relación. Es entonces cuando se abre una puerta de preguntas inconclusas y se personaliza la idea del rechazo. En ese punto aparecen incógnitas como: «Quizá no soy suficiente» o «Seguramente no he hecho las cosas bien con esta persona, merezco el rechazo», entre muchas otras.

¿Por qué es tan impactante emocionalmente no recibir lo que deseamos de otra persona? Es una pregunta que me invade cada vez que mi ilusión por ser considerada, vista y tomada en cuenta en un vínculo no llega a concretarse. Es entonces cuando podemos ayudarnos a salir de esa nebulosa de creencias irracionales y negativas, realizando un registro de sensaciones corporales ante el rechazo o el incumplimiento de una fantasía.

Cuando es posible integrar la sensación emocional y corporal frente al rechazo o al incumplimiento de la fantasía vincular, suelen disminuir los pensamientos intrusivos de infravaloración del propio ser. Claro que, en este punto, se recobra el acto de mentalizar, y es entonces cuando los pensamientos dejan de ser ciento por ciento reales. Se trata de un punto de partida desde el cual podemos pasar de «no soy suficiente para el vínculo» a respuestas más amables y reales acerca de la interacción y de la calidad de la relación.

Es interesante cómo el acto de mentalizar nos puede ayudar a recobrar ideas más racionales. Fonagy, el padre de la teoría de la mentalización, describe este fenómeno como el acto de interpretar lo que sentimos, pensamos, deseamos o necesitamos nosotros o los demás. En pocas palabras, la mentalización nos recuerda que todas las conductas de las personas, incluidas las propias, están mediadas por pensamientos, emociones, creencias, deseos, etc. El acto de mentalizar se puede dar cuando nos preguntamos a nosotros mismos: «¿Mi interpretación será la única posible?» o «¿Qué podría estar sintiendo la otra persona?».

Volver al cuerpo, a la sensación, nos ayuda a disminuir los pensamientos intrusivos asociados con el «no soy suficiente».

Estas preguntas, que ilustran el proceso de mentalizar, las podemos llegar a formular cuando nuestra intensidad emocional baja. Por ello, volver al cuerpo, a la sensación, nos ayuda a disminuir los pensamientos intrusivos asociados con el «no soy suficiente». Cuando mentalizamos, observamos nuestra mente, no nos dejamos atrapar por las propias ideas, logramos tomar perspectiva respecto de lo que está sucediendo y podemos generar cuestionamientos acerca de nuestros propios actos o pensamientos.

Ahora, una pregunta válida podría ser: ¿cómo vuelvo la atención al cuerpo? La respuesta es clara: debemos sentirnos. Es decir, sentir el peso de nuestro cuerpo contra el suelo o el lugar en donde estemos sentados. Podemos también describir nuestra temperatura o nuestra tensión muscular. Estos son algunos ejercicios que nos pueden ayudar a estabilizar nuestro sistema nervioso y, en consecuencia, recobrar la capacidad de autorreflexionar, diferenciar los pensamientos de los hechos y comprender la experiencia propia y ajena con mayor flexibilidad. De hecho, es nuevamente Fonagy quien plantea que no podemos mentalizar adecuadamente cuando nuestro sistema nervioso se encuentra activado de manera excesiva; por ello, volver la atención al cuerpo nos ayuda a recobrar la capacidad de mentalizar.

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«¿No soy suficiente para el vínculo?» es una pregunta que he escuchado muchas veces en sesiones psicoterapéuticas y que yo misma me he llegado a hacer en mis relaciones. La repetición de esta pregunta me ha llevado, tardíamente, a una conclusión: la forma en la que una persona se vincula emocionalmente con otra no depende únicamente de las ganas que tenga de mantener, establecer o buscar el vínculo, sino de la experiencia afectiva que ha tenido con otros desde su nacimiento. De acuerdo con esta premisa, la otra persona puede comprender y significar conceptos como «calidad del vínculo» o «compromiso» con parámetros totalmente diferentes a los nuestros, según el estilo de vinculación que se ha consolidado a través de su historia afectiva.

Un claro ejemplo de esto último es el de un padre que anhelaba que su hija lo llamara todos los días. Cuando ella no lo hacía durante la semana, él se deprimía hasta el punto de llegar a pensar que no lo amaba. Él interpretaba que el amor se demostraba a partir de cuántas veces ella lo llamara por teléfono; no importaba si en la llamada hablaban poco o hablaban de lo mismo: para él, la forma de sentirse amado y tomado en cuenta era a través de las llamadas telefónicas de su primogénita. Sin embargo, la hija no comprendía cómo la ausencia de una llamada a la semana podía provocar que su padre llegara a pensar y sentir que no lo amaba.

La hija de esta historia no disfrutaba de las llamadas telefónicas; su forma de entregar amor a su padre era a través de otros actos de servicio, como recordarle su medicación o ir al supermercado por su mercadería y dejársela sobre la mesa del comedor. Es aquí donde podemos observar un claro ejemplo de estilos de vinculación que difieren entre sí: tenemos a un padre que considera que el amor se demuestra a través de un acto de servicio específico, como llamar por teléfono, mientras que tenemos a una hija que se vincula afectivamente con su padre a través de otros actos de servicio, como ir a comprarle alimentos o recordarle su medicación. Volvemos a observar diferentes expectativas acerca de cuál es la manera correcta de mantener o alimentar el vínculo afectivo.

A través de estas conclusiones, se puede intentar despersonalizar la culpa de no ser escogido o tomado en cuenta como se quiere o se necesita en la relación con el otro. Si logras identificar que tus sensaciones y pensamientos provienen de la creencia nuclear «no soy suficiente para el vínculo», puedes ayudarte con estas preguntas que intentan deconstruir la culpa y la sensación de insuficiencia:

¿Qué espero de los vínculos emocionales en mi vida?

¿Cómo puedo ser más amable conmigo cuando siento el rechazo emocional o social de alguien importante?

¿Cómo puedo elaborar o expresar lo que siento ante un vínculo?

¿Mis expectativas del vínculo afectivo se condicen con la disposición de la otra persona?

¿Cómo demuestra esta otra persona su compromiso en el vínculo?

¿Estoy dispuesto a construir este tipo de vínculo?

¿Por qué sería yo la razón de su estilo de vinculación?

Alicia Paz Avalos Caballero es psicóloga. Más en Doctoralia.cl e Instagram. Escribe sobre la experiencia de estar vivo en UpToYou.