En términos clínicos contemporáneos, existe una manera de "perder la cabeza" que dista de la neurosis clásica. Su frecuencia es cada vez mayor en la consulta, mayormente en adultos jóvenes y algunos tardíos. El fenómeno como tal remite a una exigencia silenciosa que uno se impone sin tener mayor conciencia de ello. Hablo de un mandato —sin sintomatología aparente y muchas veces tácito— de sostener simultáneamente, en todos los frentes de la vida, una imagen de coherencia y realización total. Aterricemos esto a lo concreto: un trabajo que tenga impacto y bien remunerado, un cuerpo estereotípicamente estilizado, vínculos sin mayores conflictos, amor, mucho amor, felicidad y paz interior como ejes de un yo armonioso y deseable, además de una sutil e imperceptible necesidad de admiración. Se le suele llamar bienestar, o vida íntegra, y suena a virtud. Pero cuando se persigue de esa manera, como ausencia total de fisura, deja de ser una virtud y se convierte en una condena que uno mismo se cuelga al cuello.
Esta tipología de paciente es la que usualmente se presenta sin un quiebre o conflicto aparente, diría que todo lo contrario, con una excesiva funcionalidad: sobreadaptados. Personas que han aprendido a leer tan bien lo que el entorno espera de ellas que terminan respondiendo a todas las demandas menos a las propias. Queda la función, se pierde el sujeto. Me atrevería a decir que llegan, incluso, con cierto orgullo por lo bien que todo se ve desde afuera, y una perplejidad genuina por lo mal que se sienten por dentro. "No tengo motivos para estar así", dicen, como si la angustia necesitara justificarse ante una contraparte. Lo que no logran ver, al menos al principio, es que la angustia no viene a pesar del funcionamiento impecable sino precisamente desde él: desde el esfuerzo sostenido de no fallar en lo más mínimo de la cotidianeidad, de no mostrar fatiga, de ser siempre la versión más presentable de sí mismos.
Hay un mito griego —muchas veces olvidado— que describe este fenómeno con mayor precisión que cualquier diagnóstico: el mito del collar de Harmonía. En las bodas de Cadmo y Harmonía —la última vez, cuentan, que dioses y mortales compartieron mesa— Afrodita le regaló a la novia un collar forjado por Hefesto. Era realmente deslumbrante, y cómo no, si prometía, con la autoridad de venir de manos divinas, un amor sin fisuras y una unión perfecta entre lo humano y lo divino. Nadie en esa boda podría haber sospechado que ese mismo objeto, generación tras generación, iba a arruinar a quien lo portara.
Y lo hizo. Siglos después, Erífile recibió el collar como soborno para convencer a su marido Anfiarao, un vidente que sabía que iba a morir si marchaba a la guerra, de partir de todos modos. Anfiarao murió. Su hijo Alcmeón, cumpliendo el mandato que su padre le había dejado antes de morir, asesinó a su propia madre para vengarlo. El collar siguió circulando después de eso, y así también la ruina para quien lo poseía. Una mujer huyó con un amante joven y terminó en la prostitución, otra asesinó a su marido y murió quemada por su propio hijo, enloquecido de dolor. Nadie que tuvo el collar salió indemne de la desgracia.
Lo que más me interesa de este mito no es la maldición en sí. Lo relevante no es que el collar fuera dañino —era, de verdad, precioso y deslumbrante—, sino lo que su brillo hacía creer que garantizaba. El escritor italiano Roberto Calasso, que reconstruyó este mito con una prosa que aún no se le hace justicia, observó que con los años se caían las hojas y los pétalos de aquella belleza primera, y lo que quedaba debajo era el frío abrazo de un círculo: el collar mismo, despojado de su ornamento, reducido a su forma pura. Detrás de cada esplendor, algo mecánico y frío esperando su momento. Eso es lo que hace una promesa de completud cuando se la toma al pie de la letra, y es que no falla porque sea falsa, sino porque su cumplimiento era imposible desde el inicio. El collar prometía una vida sin fisura, y quien se lo colgaba vivía, durante un tiempo, como si esa promesa fuera viable. Hasta que dejaba de serlo. Y lo que quedaba no era solo la pérdida de lo prometido, sino el descubrimiento de que nunca estuvo disponible.
Un círculo que abraza es también uno que cierra. La belleza del collar, más que decorativa, era funcional. Servía para sellar, para clausurar la pregunta por lo que podía fallar.
Esa imagen merece que nos detengamos. Un círculo que abraza es también uno que cierra. La belleza del collar, más que decorativa, era funcional. Servía para sellar, para clausurar la pregunta por lo que podía fallar. Y eso es exactamente lo que hace la exigencia de coherencia total cuando se instala en una vida: no la complementa, la cierra. La convierte en un sistema sin salida de emergencia, donde cada logro se vuelve evidencia de que todo funciona y cada fisura se vuelve amenaza de que todo puede colapsar. No hay lugar para el error proporcional, para la caída menor, para el día en que simplemente no se puede. Todo tiene que sostenerse porque si cae una pieza, en la fantasía de quien lleva el collar puesto, caen catastróficamente todas.
Esa es exactamente la estructura lógica contemporánea de la exigencia de vida íntegra que uno se cuelga sin pedirla. El deseo absoluto de vivir con coherencia y bienestar, de que el trabajo, los vínculos y el cuerpo formen un conjunto reconocible, no tiene nada de patológico en sí mismo. El problema aparece cuando esa aspiración deja de ser un deseo en sí y se convierte en garantía, cuando uno empieza a creer que si logra sostener la imagen completa, sin grietas visibles, algo quedará finalmente resuelto. Que la coherencia externa "comprará", por fin, la tan anhelada paz interior.
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Así es como el collar empieza a circular por generaciones, silenciosamente. En la exigencia que un padre agotado le transmite a un hijo sin decirlo en voz alta. En la costumbre familiar de medir el propio valor por cuánto se logra tolerar sin que se exprese fragilidad. En la madre que jamás se queja, en el abuelo que "nunca faltó un día al trabajo" y cuya biografía entera se resume en esa frase como si fuera un elogio y no un epitafio. Nadie elige conscientemente esa herencia. Se hereda tal cual, como el collar, es decir, ya puesto y brillando, antes de que a nadie se le ocurra preguntar qué carga.
El conflicto no queda en la mera herencia del collar, se sostiene en el deseo del mismo. Esa es la crueldad específica del mito. Erífile no fue obligada a aceptarlo, lo quiso. Cada portador lo recibió como un objeto valioso, jamás como una amenaza. La exigencia de coherencia total no se vive como opresión mientras se la está cumpliendo. Se vive como identidad. "Yo soy así", dicen en la consulta. "Soy exigente conmigo mismo, tengo propósitos y metas que cumplir." Y tienen razón, sin duda son exigentes consigo mismos. Es un collar que alguien les puso antes de que pudieran elegir, y que ellos ahora defienden como si fuera piel propia. Distinguir entre lo que uno es y lo que uno lleva puesto desde antes de tener memoria es, quizás, el trabajo más delicado de una psicoterapia.
Aun así, hay un fenómeno que el mito no podía anticipar; que llegaría una época en la que el collar no solo se hereda y se desea, sino que se masifica. Las redes sociales, la cultura del rendimiento, la optimización de uno mismo como proyecto permanente, todo eso no es otra cosa que una industria de collares. Vidas curadas para la vitrina, cuerpos gestionados como marcas, vínculos exhibidos como prueba de que todo va bien. El mandato viene del aire que se respira, es una condición epocal. El mitólogo español Carlos García Gual, a propósito del mito del collar de Harmonía, advierte: "Entre los mortales todo lo superior engendra daños. No conviene que los humanos lleven la joya de los dioses". El collar no eliminaba la libertad de quien lo portaba, la envenenaba desde dentro, como toda promesa que nos encandila.
"Perder la cabeza", en este sentido, es sostener por dentro, una exigencia que ninguna vida finita puede cumplir sin fracturarse en algún punto. Alcmeón enloquece por cumplir, sin cuestionarla, una orden heredada. Eso es lo que casi nunca se dice sobre las personas que un día colapsan después de años de sostenerlo todo de manera impecable. No fue la vida la que los quebró, fue el mandato de que nada se quebrara.
La salida que sugiere el mito no es rechazar el collar. La aspiración a una vida buena, a cierta forma de coherencia y de belleza, es parte de lo que hace que valga la pena vivir, y renunciar a ella por miedo a la maldición sería una empobrecida forma de sabiduría. La salida está en otro lugar, más difícil de sostener que cualquier renuncia: no literalizar el collar. No tomar su brillo como promesa de completud que ningún objeto, ninguna imagen de sí mismo, puede cumplir. Se puede querer una vida ordenada, un trabajo que funcione, vínculos que sostengan, sin exigirle a ese orden que además redima, que además cierre para siempre la pregunta de si uno vale o no vale. El collar sigue siendo precioso incluso después de conocer su historia. Lo que cambia, cuando se conoce, es la manera de llevarlo puesto; sin la ilusión de que su peso, algún día, va a dejar de sentirse.
No "perder la cabeza", entonces, significa dejar que la fisura exista sin convertirla en fracaso, sin exigirse la imagen completa que ni siquiera los dioses, en ese mito, lograron sostener. La integridad es la de quien puede mirarlo puesto, reconocer su peso, y seguir caminando de todos modos.