Siempre me preguntaban cómo era la experiencia de boxear, siempre lo mismo. ¿Alguna vez te ha pasado algo? ¿Es peligroso? ¿Has peleado alguna vez?, entre diversos tipos de cuestionamientos muy concretos y primitivos en cuanto a su sustrato de conservación. No puedo negarlo, emergía en mí cierta efervescencia y placer al responder este tipo de preguntas, más allá de renegar ante lo absurdo de las mismas. Si bien evitaba demostrar mi goce interno al sentirme objeto de indagación dentro de un ámbito compensatorio de mí mismo, era inevitable extenderme en las descripciones minuciosas, sensitivas y hasta en ocasiones fantasiosas respecto al boxear. De especial atracción resultaba este tema frente a las mujeres, arte que dentro de mi repertorio aprendí a utilizar con profesionalismo. ¿Qué sé yo?, la testosterona, el riesgo, la decisión, la agresividad, la exacerbación de los sentidos y la gloria o fracaso; eran aspectos de alto interés para las féminas, cayendo en una suerte de hechizo o trance en donde la vulnerabilidad y la excitación implícita florecía exuberante de color cual magnolio. Tempranamente logré saciar mi sed libidinal en dichas fuentes, reconociendo que más de alguna vez terminaba siendo yo el cazador cazado; a mucha honra diría yo, pese a la discrepancia con mi ego.
Llevándolo a un plano con mayor sentido de realidad, siempre pude inferir que el entorno pugilístico era el mío, totalmente alineado con mi búsqueda de contraste, competitividad y jerarquía. El simple hecho de entrar a este recinto y encarar el sudor impregnado ya resultaba un desafío para incluso el deportista más avezado. Curiosamente siempre creí que dicho formato de calabozo —que algunos clubes de boxeo tienen— aportan en mayor medida hacia el adentrarse en la caverna, invocar las emociones y experiencias más crudas y cargadas de emotividad desbordante, para simplemente volcarlas sobre terceros. Es bien sabido que los boxeadores tienen y deben poseer una motivación cruda, tosca y catalizadora; algo que movilice ese instinto de quién sabe qué antepasados, pero que sin la menor duda todos buscamos e invocamos —queramos o no— ante situaciones límites como a las que los boxeadores se exponen; como a las que yo me expongo. Había quienes lo hacían por sus pérdidas tempranas, aquellas indigeribles e incompletas, que suelen ser a mi parecer, las más potentes en este ámbito. Convendría más adelante en mi historia, que la característica principal de estas motivaciones, y lo digo porque no solo el entrenador lo habría confirmado a ojos cerrados, es el espíritu: cualidad esquiva y subvalorada. Dirían algunos son bolas, lo que lamentablemente no aplicaría, tan solo por la sencilla necesidad de razón, convicción y dirección que posee el luchador con espíritu; uno que modula el instinto.
A estas alturas, sin percibirlo nuevamente me había inmerso en un espacio atemporal, íntimo, analítico y reflexivo, algo tan propio mío y a lo cual desde mi temprana infancia le di rienda suelta. Resultaba casi esquizoide, podía estar incluso con la adrenalina más intensa de estar en el ring con un adversario digno e incierto, y aun así era capaz —sin la más mínima noción— de abstraerme al punto de que solo el campanazo lograba con infortunio traerme por un breve periodo a mi presente. Ese soy, el luchador con espíritu difuso, perdido y desorientado, casi como la analogía del luchador borracho en la cultura asiática, pelafustán dionisiaco impredecible y duro de tumbar.
Mi juego era justamente descifrar dichas motivaciones, y me atrevo a decir que a mayor complejidad de la misma, más intenso el contrincante. No había entrenamiento que te preparara para el desenmascaramiento de tu motivación en el ring, ese momento en que lees y desnudas a tu alteridad, esa instancia en donde descubres con certeza mutua la experiencia, el sentir y el padecer del otro; es una situación que simultáneamente es percibida, se genera un vínculo profundo e invisible en donde ningún factor extrínseco; sean golpes y/o imparidad respecto a tu adversario que logre hacerte recuperar el centro o foco; cual ceguera por amor. Dentro de este profundo diálogo interno me encontraba inmerso, haciendo mi rutina pugilística de rigor: jabear de manera imparcial para entrar con una derecha firme y pesada, para rápidamente salir del cuadro según conveniencia y reiterar.
Cuando este arte lo logras manejar y además lees la motivación o espíritu de tu contrincante, es por lejos la sensación más satisfactoria; es controlar lo incontrolable, es hacer predecible lo impredecible, es lo más cercano a reconocer la emotividad de otro desde su más profunda visceralidad.
Frente a mí, aproximadamente 80 kilos mal distribuidos, un fulano al cual nunca evalué o consideré, un perfecto desconocido con coordinación pobre, buen jabeo y cierta mirada perdida que distaba del prototípico boxeador. Su actitud era más bien pasiva y no denotaba mayor intención de agresión, una presa fácil pensé, viendo su cansancio y pobreza técnica. No logré comprender, ni menos visualizar su motivación ante la lucha, factor que me costaría caro dicho día y que me haría recordar su nombre con la lucidez y concreción que jamás tuve; su nombre era Alfonso.
Mi confianza era absoluta, jabeaba con una solidez pocas veces vista, mis golpes entraban, su guardia era abierta. Esto me permitía entrar en la parte baja como en la alta de su cuerpo, alternando combinaciones mecánicas pero con movimientos circulares que justamente abrieran su guardia y dieran buena acogida a mi agresión. Podía ver un leve acuse de recibo por parte de Alfonso, lo que me causaba especial consternación, reafirmaba un espíritu potente y cándido, pero no accesible, aun cuando infructuosamente trataba de descifrarlo. No ponía resistencia ante mi análisis ni mis golpes, lo cual aumentó mi desorientación, aun cuando yo era muy precavido a la hora de confiarme durante un combate, mi código siempre apuntaba al sobreestimar y valorar al rival, lo que sumado a un entrenamiento físico/técnico sistemático, me había otorgado el no despreciable balance de 16 – 1; récord con una derrota por un esguince de muñeca, lesión común en el boxeo a la hora de pegar un recto y acertarlo directamente en el codo de tu contrincante. Si bien fue mi primera derrota, una vez recuperado tuvimos otra pelea oficial, la cual gané holgadamente por KO técnico y sin mayor esfuerzo.
Mi abstracción y profundización respecto a este enigmático combate llamó la atención de mi entrenador, quien puso al cielo su clásico grito.
—¡Hey!, ¡Domingo!, ¡Abre los ojos, concéntrese pues!, ¡Busque, busque, muévase!
La verdad que a estas alturas la voz del profesor era un chicharreo en cuarta sintonía, creo que los primeros meses de entrenamiento le asigné buen foco, mientras que después ni la más mínima importancia, resultaba que el viejo representaba el arquetipo puro del boxeador; a mis ojos predecible, decadente y anecdótico en cuanto a un pasado con una gloria escurridiza, carencias y excesos.
En esto me encontraba, cuando vi las gotas de sudor del guante de Alfonso venir antes que él mismo. No miento, lo presencié, incluso antelando las nefastas consecuencias que tendría esa derecha inesperada. Observé con claridad y resignación la potencia de esa derecha encubierta, tuve el tiempo de dimensionar el daño e inclusive de percibir la reacción de mi cabeza, en un intento desesperado por retomar la lucidez, darme el reflejo para esquivar el golpe y sacarme del embotamiento analítico en el que me encontraba. Mente y cuerpo con una cruda intuición respecto a lo que vendría, un golpe seco, preciso en la quijada que fue coronado en una secuencia de ritmo perfecto con un gancho de izquierda y un cruzado que alcancé a notar que solo me cepilló la mollera, en tanto ya iba cayendo al suelo del ring. Desde ahí no hay más, excepto un largo despertar, confusión, temor e incertidumbre, además de un golpe —de un poder simbólico inconmensurable— que abriría un proceso de inimaginable potencia para mí, aun cuando a Alfonso no volví a verlo en mi vida.
Un sueño diurno o fantasía, así podría describir el estado en el que me encontraba. Era un sentir dulce y placentero, deseaba mantenerlo a como diera lugar, era como ese despertar imposible cuando las sábanas pesan más que la más íntima de nuestras culpas. No necesitaba estar en ningún lugar excepto ahí, en esa perpetua desconexión de lo concreto y mundano, más percibiendo a cabalidad y sin juicio todos los estados internos que emergían desde mí. Era el alivio de liberarse de lo externo, lo sin sentido, lo agobiante, lo neurótico e inclusive psicótico que tiene el estar situado en el mundo. Mis problemas y preocupaciones estaban en el suelo, derrotadas, noqueadas tal cual yo lo estaba, con la diferencia que esta vez podía ver la miseria y fragilidad de mis problemas; cual recipiente sin agua, implorando por volver a su matriz para tener sentido. Era increíble realmente, cómo un estado tan indigno, vulnerable y sumiso podría generar semejante placer. No tenía nada de qué preocuparme, imploraba que no me perturbaran, tan solo que me dejaran ser o más bien permane-ser en este estado. Pensaba a quiénes podría invocar para compartir lo placentero de dicho momento, de más está decir que desde la plenitud en la que me encontraba estaban hasta mis peores enemigos o sombras presentes, todos en perfecta armonía. Era un amanecer perpetuo, un nuevo día en donde el sol se colaba entre los árboles de forma tímida, asomaba una leve brisa refrescante y las nubes se disipaban sin resistencia alguna. Quería quedarme en el suelo, aquel suelo lleno de sudor, lágrimas y una que otra gota de sangre de algún combatiente derrotado, ese suelo que no había probado nunca y que hoy me sorprendía con su acogida y calidez. Era desnudez sin pudor, un desaprender o desapropiarse de todo lo útil en la vida consciente, y ver lo insignificante y poco relevantes que eran estos aspectos para lo que hoy vivía; algo que sin duda buscaría mantener o reencontrar con el mayor de los corajes. Déjenme dormir me decía a mí mismo, no necesito estar en ningún lugar que probablemente no estaré mañana, déjenme dormir me decía a mí mismo, le imploraba al suelo que me mantuviera con él por la eternidad; una eternidad que sin saber estaba recién empezando.
Se me vino a la cabeza una frase típica de mi abuela, la invocaba cada vez que el placer aparecía en el horizonte, “Si te gusta la miel, que te piquen las abejas”, claramente aludiendo a que el “piacere” en sí mismo no podría sino tener un costo alto o en su defecto una caducidad temprana. Curioso, entendiendo que la señora era el hedonismo encarnado, al parecer sabía los riesgos de atiborrarse en placeres. (Rasgo claramente heredado y por tanto infructuosamente reprimido como debiera ser).
Esta fue la primera señal que perturbó mi abrazo con Morfeo, aun cuando mi pérdida de conciencia resultaba más poderosa. Tenía al mismísimo sol en mi cabeza iluminando todo y a la vez sin dejar ver nada, me encantaba la sensación insisto. Navegaba en este ensoñamiento sin hoja de ruta, fluía con la corriente, era atemporal, sin un propósito y sin ningún tipo de emotividad más que paz y placer; pese a que desde la perturbación transgeneracional, algo en mí decía que esta experiencia era un viaje con retorno. Y así fue, pero no con el pesimismo que uno tiene generalmente cuando vuelve de algún viaje al extranjero; analogía perfecta en razón de lo que estaba viviendo, en tanto volvería a lo predecible del vivir. Una fuerte ráfaga de alegría y optimismo —casi desbordante— me acompañaba en este retorno, nada de dolor, angustia o abrupto retorno a la realidad, yo estaba en el proceso más intenso e influyente, en ese momento donde la experiencia te dice que hay un fin, pero uno está entregado activamente aceptando que el ocaso involucra un bien mayor, tanto para sí mismo como para el resto.
Evocaba desde lo más profundo de mi inconsciente escenas de intensa sexualidad, que no hacía más que reforzar y exacerbar mi estado delusorio y de entrega. El ritmo era intenso, era como si una modesta orquesta retumbara en mis vísceras inundando ya no solo con luz mi interior sino que con el despertar de otros sentidos; tambores y guitarras se conjugaban de forma melódica y ascendente.
Mi tiempo llegaba, lo sentía, era como mirar por la ventana de un tren la próxima llegada a la estación, aunque esta vez claramente sería distinto, podía intuirlo. No había tiempo para detenerse, no había tiempo para irse, era agua prístina de deshielo del río llegando al océano. Podría describirlo como el cierre de un círculo, era completud e incompletud a la vez; lo presentía, algo estaba pasando en mí y sin duda algo pasaría en el resto. Resaltaba dentro de la orquesta un bajo, rítmico, preciso y hasta chamánico, lo acompañaban cantos que no podría describir y un castañeo de similares características que si bien me liberaban del trance, me hacían aferrarme a este. En la ventana de mi cabeza veía cómo se colaba la luz, era la realidad que invadía. Era casi tan desagradable como imagino sería para un recién nacido salir del calor uterino, volvía a lo mismo, cómo un acto tan lleno de potencialidad podría llegar a ser tan complementariamente desagradable; mi abuela al parecer no se andaba con cosas respecto a su cita de las abejas y las mieles.
Me hacía cargo de lo que acontecía, reconozco que mi visión fue la primera en asimilar el escenario, el audio era ininteligible, lo dominaba mi orquesta. Ya podía palpar y oler nuevamente ese suelo que había perdido sus propiedades dionisiacas, ocurría la magia de la conciencia, hasta que cada vez fue cobrando más fuerza —pese a la mantención leve pero constante de los tambores— la voz del profesor gritando y tirándome aire.
—¡Domingo!, ¡Vuelve, muchacho!, ¡Vuelve! —hasta el punto que dijo casi con certeza médica—. Ya volvió, déjenlo que respire —y dio media vuelta.
Lo primero que pude advertir era que el digno e impredecible contrincante que había causado tremenda ensoñación ya no estaba, todos me hablaban y me preguntaban cómo estaba, más yo buscaba el rostro del desgarbado que me había robado el espíritu; por aproximadamente el minuto cronológico que estuve KO. Ya levemente incorporado, aunque aún en el suelo con un incisivo y un molar afirmándose a duras penas de la encía sangrante, más la quijada levemente fuera de su eje y un dolor agudo en la base de la nuca, casi como si fuera la cabeza de un fósforo en plena ignición; logré darme cuenta del atropello técnico que había sufrido. No podía quitarle el mérito al desconocido respecto a la ejecución minuciosa y precisa de esa combinación pugilística, es decir, si uno esperara un perjuicio asociado a esa secuencia de golpes, este tipo había logrado casi la perfección. Sinceramente creo que más potencia y probablemente no podría contar lo que sentí en mi viaje; pese a que resultaba incluso curioso y masoquista la incertidumbre de no saber si dicho escenario habría prolongado mi viaje.
Me aclararon rápidamente que el tal Alfonso era la primera vez que entrenaba en el gimnasio, que una vez yo noqueado, me miró y sin decir palabra alguna tomó su mochila y se marchó ante la mirada atónita de todos los que ahí estaban; que vale remarcar, eran muchos. Desde esa alteridad con mi agresor, me aferré a lo que me quedaba de ego y dignidad, ante ahora la mirada juiciosa y escrutante de los demás en el gimnasio, tomé mis cosas y rápidamente me fui. Curiosamente no volvería nunca más a poner un pie en ese gimnasio, más allá de lo vergonzoso de lo ocurrido, sino más bien porque mi historia me llevaría hacia otros puertos.
Cómo se vive un golpe que no viste venir
Lo que acabas de leer no es solo una caída en un ring. Domingo pasa la vida descifrando las motivaciones de sus rivales, y lo noquean el día en que no lee la de Alfonso, un desconocido al que nunca evaluó. Cada figura de la escena es también una parte suya. Alfonso, discreto y sin brillo, es la sombra, lo que no se mira y por eso golpea con precisión. El entrenador, cuya voz Domingo oye como un chicharreo, es el viejo que sabe, aquel al que se descarta por decadente. Y el narrador, tan absorto en su análisis que no ve venir el golpe, es el luchador seguro de sí que cree poder predecirlo todo.