Pequeñas conversaciones de pasillo, encuentros casuales en la calle o una simple reunión entre amigos, nos llevan más de una vez a curiosear —o directamente a morbosear— respecto a la realidad del otro. Preguntas en apariencia neutras, fingidas o ingenuas como: "Ah, ¿sigue trabajando ahí?", "¿En serio se casó con fulanita?" o "¿No te puedo creer que logró irse a vivir al sur?", enmascaran una intencionalidad distinta y solapada a la base. A la vez, frases como "ya lo superé", "eso fue hace mucho tiempo" o "ya no le doy más vueltas al tema" dejan entrever una tensión sutil ligada a una expectativa que nunca logramos soltar; bienvenidos al territorio del resentimiento.

En psicología analítica, esta emoción constela con fuerza alrededor de la noción de complejo, un término que también se utiliza coloquialmente sin comprender su esencia estructural (como cuando se dice: "Ese tipo es un acomplejado"). En términos sencillos, el complejo corresponde a un núcleo cargado de afecto que actúa con autonomía dentro de la psique, capaz de secuestrar nuestra atención una y otra vez, incluso años después, sin que lo podamos decidir. El resentimiento —más allá de lo pre-reflexivo de toda emoción—, particularmente opera así, ya que no lo controlamos a él, sino que es él quien nos controla cada vez que se activa; un verdadero lastre psíquico.

Lo que mantiene latente al complejo no es necesariamente la persona real con la que nos relacionamos, sino la imago: una suerte de fotografía psíquica congelada en el instante exacto de la herida.

Ahora bien, ¿qué es lo que mantiene latente al complejo? Desde la mirada analítica, aquello que lo perpetúa no es necesariamente la persona real con la que nos relacionamos, sino la imago. Esta noción refiere a la representación interna —una suerte de fotografía psíquica congelada en el instante exacto de la herida— con la que seguimos vinculándonos en lugar de relacionarnos con quien esa persona es hoy; básicamente lo que mantiene latente y vital al resentimiento.

Lo anterior encuentra su punto culminante cuando el resentimiento se activa en la sombra. Cuanto más rígida y sostenida es una acusación hacia afuera, más vale la pena preguntarse qué parte de esa acusación nos negamos a mirar en nosotros mismos.