Aquella noche decidí alojar en la casa de mi madre, mis hermanas optaron por acompañar a sus maridos e ir a ver a sus hijos, y es que ya había sido un fin de semana de vigilia cuya intensidad se había extendido hasta el día martes, postfuneral. Comimos los dos solos, alrededor de una botella de vino tinto y un improvisado plato vegetariano con lo que no estaba putrefacto dentro del refrigerador.
Había calidez y calma, sin juicio alguno respecto a lo ocurrido ni honores en virtud del difunto, tratábamos de hablar de cualquier estupidez; el cariño de la gente en el funeral, alguna noticia contingente a nivel nacional o inclusive de cuentas pendientes por pagar y la organización para temas prácticos en el día a día que tendría mi madre a partir de la partida de mi papá. Así transcurrimos en un diálogo sin sentido y de la mano con Baco —quien ayudaba a disipar lo evidente— sabiendo ambos que de alguna forma no éramos nosotros los que hablábamos, eran nuevamente las formas estereotipales que permitían remotamente hacer más asimilable la pérdida. Para sorpresa mía, mientras transcurríamos en este espacio teatral, mi madre irrumpió sutilmente poniendo una cuota de realidad al contexto.
—Domingo, sabes, primero que todo quiero dejarte muy en claro que no guardo rencor alguno contigo ante lo sucedido. No me malentiendas, por favor, pero siento que quizás cargas con una mochila que no es tuya ni de nadie. ¿Me entiendes?
Sin duda lograba comprender la intencionalidad de mi mamá, era un bonito gesto por lo demás. Si bien para mí no era relevante ese tópico, debo reconocer que fue confortante al menos desde la expresión de consuelo y serenidad.
—Gracias —le dije—, estirando mi mano por la mesa para tomar la suya en el centro, en un gesto de cariño poco frecuente en mi familia.
—En estos momentos me encantaría poder dormir y abrazar a tu padre. Sentir el olor de su ropa, su chaqueta de cuero que ocupó desde sus tiempos de joven, su olor, sabes. Solo por una última vez. Me gustaría sentir su barba de la que tanto me quejaba cuando no se afeitaba, su abrazo y beso de buenas noches. Me gustaría que me cocinara algo rico el día sábado, me preguntara cómo me había ido en el día, que me contara sus preocupaciones y alegrías respecto a ti y tus hermanas, verlo obsesionado haciendo el jardín y pasar una tarde arreglando algún chiche descompuesto. Sabes, qué daría por poder disfrutar una buena película comiendo un par de peras, galletas y tomando té. Salir a comer, escuchar música, bailar con él, como solíamos hacerlo en fiestas o inclusive a solas acá en la casa. Me encantaría poder volver a escucharlo cantar en la ducha, criticar al político de turno y hablar de negocios propios y ajenos. Cómo disfrutaría reírme de su incomprendido humor alemán, del cual tantas veces gozamos; o quizás matarme de risa por dentro cuando se enojaba como un niño cuando la comida estaba fría o no le prestaba atención. Sabes, ese era tu padre, un hombre común y corriente, dirás, y es que esa era su forma de ser, ahí radicaba su diferencia, aquella que precisamente me hizo amarlo ciegamente.
Escuchaba con atención las palabras de mi madre, jamás la había escuchado hablar de esa forma. Nunca me habría imaginado la relación que tenían, ni menos esta imagen tan amplia y venerada de mi padre. El que a estas alturas estaba reconociendo. Apreté su mano suavemente, la miré a sus ojos y nos quedamos así por unos segundos. No tenía palabras, la verdad, menos quería destruir la belleza de ese momento —del fluir del mismo— con palabras insípidas o condescendientes. Había que hacer algo de mayor complejidad y menor praxis en el cotidiano; guardar silencio. Era tan real lo que estábamos viviendo, podía palpar lo que mi madre me decía desde su mutismo, un sentir exquisito y único, el de mi padre que iría conmigo a mi lado hasta el día de mi muerte.
Cómo se acompaña una pérdida
Lo que acabas de leer tiene tres momentos. Primero está la conversación de fachada, las cuentas por pagar, la noticia del día, el vino, que el propio narrador reconoce como una forma de hacer más asimilable la pérdida. Después irrumpe la madre, que pone una cuota de realidad, lo alivia de una carga que no era suya y le devuelve al padre, ya no como el difunto de los honores sino como un hombre concreto, con su chaqueta, su barba y su humor. Y al final está el silencio de Domingo, que no llena ese espacio con palabras y deja que el padre se quede, como una presencia que lo acompañará, escribe, hasta el día de su muerte.