Frente a la adversidad psíquica siempre son buenas las frases de consuelo, aquellas que trascienden al tiempo y que están siempre a nuestra disposición, como quien busca una aspirina en la caja de remedios frente a un dolor de cabeza. Una de estas frases es la bien conocida y mal entendida gratitud. Planteamientos automáticos tipo: "hay que estar agradecido por lo que sí se tiene" o "hay que ver la mitad del vaso lleno", entre otras, transcurren con una velocidad que no permite distinguir entre lo que duele y lo que se busca cerrar. De acuerdo a lo anterior, la frase llega casi antes de que el malestar haya terminado de sentirse del todo, como una puerta que se cierra apenas empieza a entrar el aire frío. Desde esta comprensión, es necesario diferenciar la gratitud forzada —etérea, superficial, conveniente— de la gratitud propiamente tal. La primera emerge para no tener que sentir el dolor. La segunda, para poder hacerlo.

El concepto junguiano de la inflación psíquica nos facilitará comprender qué es lo que ocurre justo en ese instante: el yo se agranda de golpe, ocupando un lugar que no le corresponde, casi siempre como compensación de una pequeñez que no se quiere sentir. Por tanto, decir "esto me hizo más fuerte" o "todo pasa por algo" en el segundo exacto en que algo nos superó, es el yo recuperando a la fuerza una sensación de control que la situación real le acababa de quitar. Es la transición perfecta e instantánea entre quien fue herido y quien lo resolvió todo, y eso radica precisamente en que la inflación psíquica se experimenta corporalmente como alivio, psíquicamente como regulación, y hasta como cierto tipo de satisfacción moral: "mira qué bien lo tomé".

La gratitud transaccional funciona con la misma lógica, solo que dirigida hacia el otro en vez de hacia la propia herida. Estar en deuda con alguien —sentir que la vida de uno mejoró gracias a una intervención que no se controló ni se ganó— resulta profundamente incómodo para un yo que prefiere pensarse autosuficiente. Agradecer rápido y de más es una manera de saldar esa cuenta antes de que alcance a doler, ¿pero qué tipo de dolor? Uno muy propio de nuestros tiempos: el de no ser capaz de sostenernos solos.

La gratitud auténtica casi nunca se siente como triunfo. Se vive como un breve descolocarse, la experiencia concreta de descubrir cuánto de la propia vida depende de lo que llega desde afuera.

Finalmente, la gratitud genuina va exactamente en la dirección contraria. No dialoga con la inflación psíquica, más bien es su opuesto: un breve y necesario desinflarse. Agradecer genuinamente exige aceptar que algo, o alguien, hizo algo que uno no podía hacer por sí mismo. Es por eso que la gratitud auténtica casi nunca se siente como triunfo. Se vive como un breve descolocarse, la experiencia concreta de descubrir cuánto de la propia vida depende de lo que llega desde afuera, a veces desde muy afuera, sin que se pueda tomar crédito por ello.