Fragmento de La tercera ladera del río (2017). Domingo Vonn, el narrador, busca a Magdalena, a quien llama Tanguito, en un campamento junto al mar, después de una noche de fiesta. Es una novela, y la mirada del narrador es la de alguien en plena crisis, parcial por definición.

La alegría me embargaba, seguía sorprendiéndome del viaje y las experiencias que vivía momento a momento. Más había alguien que me faltaba, aquella alteridad femenina incrustada en mi pecho. Me lancé a la búsqueda de Tanguito con todas las expectativas de la festividad que continuaba. Estaba deseoso de contarle el diálogo de Dante y la acogida que me había dado la gente del clan. Era un niño en un parque, brillaba de alegría y también de amor.

Me daba cuenta de cuánto necesitaba a Magdalena, de cómo su volatilidad me encandilaba. Cómo la admiraba tanto como mujer, así como compañera, quería abrazarla, besarla, bailar, reír y desvanecerme en ella como siempre lo hacía. Me sentía inusualmente vulnerable ante su amor, sensación únicamente explicable desde la intensidad del mismo. Divagaba en mi mente mientras la buscaba, de cómo no era capaz de sacármela de la cabeza, de que me preocupaba, de que quería ser parte de su cotidiano como diría mi madre; su mundo era mi mundo. Me la imaginaba cuando estaba sola y más me gustaba. Había colgado las armas de la resistencia, me entregaba rompiendo el hechizo de cupido y tratando de aterrizar el flechante Eros que me había arrojado cual niño travieso cupido. No querría cambiarla jamás, veía en ella potencial y complemento, más no idealizado, sino aquel que aturde al hacerse carne después de tanto darle vuelta y no concluir nada. Lo inexplicable del amor, quizás esa es la señal más vívida de su presencia, el no tener argumentos o formas de apropiar aquel dulce padecimiento. Poseído o no, no hay forma de detener el automatismo erótico-afectivo que revuelve todo. No se apacigua ni consuma en el deseo, sino en la libertad misma del otro; la perpetua dificultad de amar.

Por primera vez estaba dispuesto a dar el paso, Domingo Vonn ya no sería el mismo después de esto, quería abrirme con profundidad y resplandecer como capullo al sol, finalmente todas las flores apuntan a este. Cogí una botella de licor prestada en mi andar, pensaba en ir a caminar a algún lado con Tanguito donde pudiésemos mirar el amanecer y ofrendarme.

Busqué ansioso por todas partes y no daba con ella. Pasé por las carpas donde se cocinaba, por todo el camino central donde se encuentran los espacios comunes e inclusive las carpas de las familias, donde basta solo con observar desde afuera para percatarse quién está y quién no. Fui al perímetro donde estaba la faena de las algas y el taller de autos, si se pudiese llamar así. No había vestigio de Magdalena, pregunté por todas partes y nadie tenía idea. El clamor de la fiesta y el alcohol hacían más difícil mi misión de encontrarla, cediendo progresivamente ante la botella que coronaría nuestro encuentro. No me preocupaba su ausencia, sabía que estaría bien, ella sabía cuidarse, su vida giraba en torno a su libertad y autonomía.

Ahogando mis esperanzas, ya obnubilado nuevamente por el alcohol, un grupo de niños comenzó a arrojarme piedras jugando mientras bebía sentado a la orilla de un fardo de algas. Seguía de noche, la música continuaba y por el humo y el ruido, presumía que la fiesta continuaba. No podía entender cómo hacía esta gente para soportar semejante ritmo e intensidad, a lo mejor fuese yo el que ya no tenía el aguante de antaño. Me reí un rato y les seguí el juego, quién podría negarse. Me hablaban en cíngaro y se reían de mí, yo no entendía nada y solo procuraba seguir con el juego de devolverles las piedrecillas que me arrojaban.

En eso, uno de ellos se acercó a mí con un semblante distinto, su rostro no era lúdico, pareciera como si me estuviera dando un mensaje importante y serio. Mudo, tomó mi mano y me instó a levantarme pidiéndome que lo siguiera con señas. El resto de los niños proseguían nuestro andar por entremedio de los fardos. Más allá de la faena, se podía ver una luz lúgubre. El niño soltó mi mano y me empujó a que me dirigiera hacia dicho lugar. Botella en mano caminé mientras los niños retrocedían hacia los fardos de algas donde nos encontrábamos, observándome de reojo. Por el fuerte olor y los constantes relinches de las bestias pude percatarme tempranamente que se trataba de un establo, probablemente esa era la razón por la que tenían el recinto equino más distante del campamento. De manera ingenua llegué hasta mi destino, sin saber cuál sería el mensaje o qué me esperaba. Debo reconocer que un sentido ajeno a los normativos se manifestaba en mi cuerpo, sin lograr asociarlo a qué. Mis manos estaban un tanto sudorosas, mi estómago levemente revuelto y mi cabeza en modo supervivencia. Estaba en aquel estado de tensión en donde habría que huir o pelear. Por el relinche fuerte y ostentoso pude reconocer que se trataba de Caballo Bravo. Mi intuición ya se hacía más manifiesta y evidente, mi cuerpo inyectaba adrenalina y mi razón trataba de autoengañarme para lo que sabría encontraría.

Súbitamente de un establo salió Azis a torso desnudo y cuchillo en mano, quedamos cara a cara. Por detrás de su silueta, podía ver de manera clara a mi ánima acostada sobre el pastizal desnuda y tratando de tapar su cuerpo mientras me miraba con un rostro de pueril culpa. No dijo palabra alguna, mas sus ojos hablaban con una crudeza que rompía mis expectativas y esperanzas de amarla, pasando a segundo plano mi ego ajado a estas alturas.

Podía ver su vagar aleatorio, efímero e inconsciente respecto a sí misma, podía observar su falta de autoconciencia y volatilidad. Quizás como cuando la vi como una abeja, solo que esta vez era más evidente su andar como pluma al viento, era justamente la inconciencia de un niño que aprende en el error. Su rostro reflejaba esa intensidad que atrapa, aquella que solo adquiere su poder de hechizar ante la proyección de su alteridad masculina. Encarnaba la imagen de una niña y una mujer, la imposibilidad de conjunción respecto a las consecuencias de su vida adulta y su responsabilización como un infante.

Fugazmente y como si se tratara de la peor de las bromas, contra mi voluntad se me venían a la cabeza imágenes de mi historia con Magdalena de forma veloz pero real, todo mientras seguíamos perplejos en nuestras miradas sin pestañeo. Dentro de esta cruel cinematográfica reacción algo me sorprendía, y es que uno al ver su historia de forma fugaz no da mayor cabida a la reflexión, permitiendo un acceso directo a la versión más pura de nuestras experiencias. En este caso vi a Tanguito conmigo de manera íntegra, hilvanando experiencias que poco a poco me devolvían mi sentido de realidad. Traté de contener mi impotencia y frustración, me mantuve en silencio y estoico por el lapso de los segundos que transcurrían, pese a la violenta irrupción de Caballo Bravo.

—¿Qué carajo haces acá? —mientras guardaba su cuchillo en la funda dispuesta en su cinturón.

—La verdad no hago nada, solo quería encontrar a Magdalena.

—Magdalena está conmigo, ¿qué no lo puedes ver?

Abruptamente Tanguito se paró junto a su ropa y pasó entre ambos con un caminar rápido y zigzagueante. Justo antes de pasar a Caballo Bravo, este la tomó fuertemente de su brazo.

—¿A dónde crees que vas?

—Suéltame, me quiero ir. Suéltame, te pido —decía Magdalena.

Mi reacción ante lo que ocurría fue visceral y primitiva, sin mediar mis actos y transfiriendo mi frustración que desbordaba, empujé a Azis, quien cayó de espaldas hacia el potrero. Mientras Tanguito se soltaba y corría sin decir nada. Los niños que me acompañaron miraban y comentaban la escena como sabiendo lo que iba a ocurrir desde el minuto que me llevaron hacia allá; no hay que subestimar a estos pequeños perversos.

—¿Quieres arreglar esto así, muchacho? Pues eso es lo que haremos —dijo gritando Azis mientras maldecía en una lengua ilegible por la rabia.

—No es necesario, cálmate. Yo voy a buscar a mis amigos y nos vamos, no quiero más problemas.

—¡Qué amigos ni nada!

Me dio una fuerte patada en el pecho que me hizo rodar hacia donde estaban los niños. Después de la polvareda de mi revuelco pude ver que estaban ahí Magdalena y Dante, además de parte del clan que miraba en calma lo que ocurría. Al parecer era normalizado que los conflictos pudieran resolverse a la vieja usanza. Ya no era tan maravillosa la cultura al parecer, me decía. El relevar la libertad tiene costos como este, en donde aparece el instinto simultáneamente y la consecuente posibilidad de destrucción. Ante esto no quedaba más que asumir que esta vez mi disposición debía ser distinta. Habría que reencontrarse con el pasado pugilístico y corresponder al código, que debo decir se veía de forma implícita en la mirada de cada uno de los pasivos espectadores incluyendo a Dante y Magdalena. No había forma de evitar la colisión.

En los ojos de Azis podía ver su espíritu, lo que lo movía hacia la confrontación. Veía irracionalidad y vehemencia, estaba enceguecido por la emoción del momento. Completamente envuelto y dispuesto hacia la lucha, era su elemento. Por mi parte, ya no era el triunfar por los laureles. Mi vida había evolucionado y también mis motivaciones. Hoy me sentía más fuerte, mis emociones estaban abiertas y apropiadas, el dolor, la rabia y el instinto salvaje me poseían, me atrevería a decir que Caballo Bravo lo intuía. Nos fundimos en una maraña de golpes, donde no había cabida técnica sino más bien agresión primitiva en su más puro estado. La luna resplandecía y era cómplice del desborde emocional. La polvareda era mayor, el silencio de la gente punzante, solo se escuchaba el impacto seco de los golpes y a lo lejos el romper de las olas y su eco eterno en el desierto.

Sentí la violencia y la agresión de Azis, su fama lo predecía, representaba lo que mis intuiciones acusaban. Si bien recibí más golpes de los que di, podía ver cómo la desesperación y rabia de Caballo Bravo ante la imposibilidad de noquearme, se transformaba en enviones de golpes que aguantaba disociado del dolor, mientras lograba esporádicamente acertar secos derechos a sus costillas y rostro. Abrir la guardia con el Gitano no era buen negocio, tenía un látigo en sus brazos. No miento cuando lo que describo lo vi hecho carne en la mirada de Azis. Una mirada vale más que mil palabras, ni hablar de los silencios; en esta ocasión tenía a ambos dándome la información de forma explícita pero anónima. La sangre, el sudor, las lágrimas y la arena formaban un engrudo de vitalidad que tendría que dar paso a un sustrato para la fertilidad. Algo nacería de todo esto pensaba, mientras me agitaba por los golpes de Caballo Bravo. Podía ver desde su espíritu un sinfín de anhelos insatisfechos, la lucha contra lo establecido que proyectaba en mí. Todas sus esperanzas no cumplidas, sus dificultades infantiles, el maltrato y aquella rabia etílica que lo descontrolaba. Por mi parte imagino que vería el castrado, dependiente y frágil muchacho sin rigor ni esfuerzo, representábamos alteridades que se rechazaban como dos polos y que hoy colisionaban. Ante la rabia sostenida y encarnada que invita a violentar al mundo, siempre hay una angustia que la equipara, bien lo sabía yo.

Azis perdía las fuerzas y el foco, regresaba a las profundidades de sus angustias basales. Pude haberlo noqueado, lo sabía, pero mis intenciones ya no apuntaban a la agresión. Me daba cuenta de la precariedad de mi contrincante, ya no era rival para mí. No le resto méritos, golpeaba como una mula, pero al parecer mi talento no era justamente ser un buen boxeador, todo apuntaba a que tenía una buena quijada y a que sabía recibir los embates de mis contrincantes. Sabría recibir las inclemencias del estar ahí en el mundo, era hora de tomar acciones al respecto, que creo es lo que venía haciendo con toda esta odisea.

Mientras me quitaba la sangre del rostro veía cómo Caballo Bravo lloraba de impotencia, sabía que había perdido pese a literalmente haber destruido mi humanidad. En un acto concordante con su frenesí de lucha y un ego herido en su área más sensible, sacó su cuchillo de la funda con claras intenciones beligerantes. No acusé recibo de su accionar, estaba entregado, ensimismado y sereno, era el reflejo más severo contra Azis y el catalizador de su ira ciega. Antes de que diera siquiera un paso, se abalanzaron sobre él un grupo de gitanos, quienes en la misma tónica violenta le quitaban el arma. Azis se sacudía y corcoveaba tal cual lo haría su caballo azabache que relinchaba de forma compulsiva en el establo, como si lo estuvieran agrediendo a él. Una vez suelto entró en razón, creo más por la vergüenza y el agotamiento, que por un acto reflexivo.

Mientras, a paso calmo se le acercó el anciano jefe del clan, quien en ostracismo total le dio una bofetada de revés en su pómulo más castigado. Acto seguido, Azis corrió hacia su caballo, subió a este y montó raudo en dirección a la salida del sol que asomaba. Los rayos iluminaban la decadencia de todos los actores involucrados y a la vez confortaban por su sutil tibieza.

La gente comenzó a marcharse en hermetismo, Dante acompañó al anciano del clan, ambos con sus manos recogidas en la parte posterior de la espalda. Magdalena en sintonía con el entorno limpió mi rostro ensangrentado con un pañuelo y me abrazó fuertemente sin decir una palabra. Sin entender mucho lo que me pasaba, de mis ojos hinchados brotaban tímidas lágrimas mezcladas con sangre y tierra. Abrazo doloroso en todo su esplendor, mientras por mi espalda el sol naciente proyectaba la más temida de las sombras frente a mí, la de mi ánima que se fundía conmigo.

Cómo se vive un conflicto así

Lo que acabas de leer no es solo una pelea por una mujer. Cada figura de la escena es también una parte del narrador. Magdalena es su ánima, la alteridad que lo hechiza y lo desborda. Azis es lo que ese hechizo despierta en él, la rabia, el rival, la sombra que quiere pelear. El clan que mira en silencio y el anciano que pone el límite son el testigo que toda lucha interior necesita. Y el final, la sombra del ánima fundiéndose con él al amanecer, es lo que ocurre cuando la pelea deja de ser contra el otro.