Polis Facta

Bienvenidos a Polis Facta, espacio donde abordamos psicológicamente la contingencia política y social nacional e internacional desde una mirada fenomenológica y analítica. Profundizaremos los hechos actuales, sus narrativas y paradojas, buscando estar a la altura de estos.

Polis Facta analiza la contingencia política y social desde la psicología profunda y la fenomenología. No toma posición ideológica — toma posición psicológica.

El sacrificio sin altar: de Villouta a Valdebenito

Un comunicador insulta públicamente a la mujer a la que responsabiliza de haber terminado con su carrera, como reacción a una obra de teatro que ella protagoniza sobre la cultura de la cancelación. La cancelación contemporánea quiere producir el mismo alivio colectivo que el sacrificio ritual, pero sin altar, sin sacerdote y sin ningún final reconocido por todos.

Carlos SpoererPolis Facta7 min de lectura
Siluetas de dos niños frente a un gran número 45 proyectado en una pared verde
Nadie termina de morir del todo en una cancelación, y por la misma razón, nadie termina nunca de volver.

Esta semana, en Chile, un comunicador que lleva diez años fuera de la televisión volvió a aparecer en redes sociales para insultar, con una vulgaridad calculada para viralizar, a la mujer a la que responsabiliza de haber terminado con su carrera. Lo hizo como reacción a una entrevista que ella dio sobre una obra de teatro que protagoniza junto a otra actriz, una obra que trata, precisamente, sobre la cultura de la cancelación. El título de esa obra es Que le corten la cabeza.

No voy a repetir aquí los insultos ni a reconstruir en detalle el historial de reproches cruzados entre ambos —quién dijo qué en 2017, quién traicionó a quién, quién le debe una carrera a quién—. Eso ya está en todos los medios de espectáculos del país, y no es lo que me interesa. Lo que me interesa es algo que ninguno de los dos parece haber notado, y que es, a mi juicio, mucho más revelador que la pelea misma.

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Empecemos por la ironía que sostiene todo lo demás. José Miguel Villouta atacó públicamente a Natalia Valdebenito por hacer una obra sobre cancelación, y para atacarla usó exactamente el mecanismo que esa obra pone en escena: un texto corto, cargado de insultos, escrito para generar la mayor humillación pública posible en el menor tiempo posible, diseñado para que la indignación lo multiplique. No hizo falta que la obra terminara de estrenarse para demostrar su tesis. La demostró el ataque contra ella.

Villouta mismo, en el mismo video, nombra lo que está haciendo: dice que insultarla es "su única válvula de escape". No dice que tenga razón, ni que busque una disculpa, ni siquiera que espere una reconciliación. Dice que es una descarga. Y en esa sola palabra —descarga— está todo lo que quiero desarrollar acá, porque una descarga no es un argumento. Es lo que hace un sistema cuando lleva demasiado tiempo bajo una presión que no encontró ninguna otra salida.

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Quiero mirar esto con más detención de la que suele dedicársele a una pelea de farándula, porque lo que ocurre acá tiene una estructura muy antigua, aunque se vista con la ropa de las redes sociales.

Cortarle la cabeza a alguien —literal en el título de la obra, metafórico en la práctica cotidiana de cancelar— es uno de los gestos más viejos que tiene una comunidad para descargar su propia ansiedad. Se elige una figura, se le hace cargar simbólicamente aquello que el grupo no quiere cargar, se la ejecuta frente a todos, y con esa muerte puesta en escena la comunidad queda, por un tiempo, aliviada de su propia tensión. Ese mecanismo —el chivo expiatorio, el sacrificio ritual— funcionó durante milenios en casi todas las culturas humanas porque tenía altar, tenía sacerdote, tenía un tiempo reservado para el rito, y sobre todo, tenía un final reconocido por todos. La ejecución se completaba. El rito se cerraba. La comunidad podía, entonces, seguir adelante.

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Cada vez que la contingencia política y social lo amerite, la analizamos desde la psicología profunda. Sin ideología. Con preguntas.

La cancelación contemporánea quiere producir exactamente ese mismo alivio colectivo, pero sin ninguno de esos contenedores. No hay altar. No hay sacerdote que declare cumplido el sacrificio. No hay un momento reconocido por todos en el que el rito termine y la persona pueda, simbólicamente, volver a nacer del otro lado. Por eso nadie termina de morir del todo en una cancelación, y por la misma razón, nadie termina nunca de volver.

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Ahí es donde Villouta y Valdebenito, sin proponérselo, terminan encarnando dos lugares distintos de ese mismo rito roto.

Villouta lleva diez años describiéndose, con sus propias palabras, en un punto exacto de suspensión: dice que no tiene dónde caerse muerto, que carga una depresión y un estrés postraumático que no ha logrado cerrar, que sus antiguas amigas dejaron de llamarlo. Es difícil no escuchar, detrás de esa descripción, a alguien que sigue esperando el final de un rito que nunca se completó. No está pidiendo, en el fondo, que lo perdonen. Está pidiendo, sin saber que lo está pidiendo, un altar que la cultura contemporánea simplemente no tiene para ofrecerle. Frente a la ausencia de ese cierre, la energía que debería haberse tramitado como duelo —la pérdida real de una carrera, de una identidad pública, de un círculo de amigos— se quedó estancada, sin cauce, hasta encontrar, diez años después, la superficie más cercana donde descargarse.

Chocan porque están parados en dos puntos completamente distintos de una misma lógica —y ver a la otra persona avanzar, mientras uno mismo sigue clavado en el mismo instante de hace diez años, es probablemente una de las experiencias más insoportables que existen.

Valdebenito, en cambio, hace el movimiento inverso, y en términos de lo que la psicología profunda entiende por trabajo del alma, hace exactamente lo que ese trabajo exige, es decir, toma un fenómeno que ocurre en bruto, sin forma, sin distancia —la humillación pública, el linchamiento digital— y le da forma dramática. Lo convierte en representación, en vez de dejarlo circular como puro acontecimiento. Escribir una obra sobre la cancelación es, en el sentido más preciso del término, un acto de simbolización, el de transformar una experiencia colectiva difusa en una forma que se puede mirar, pensar y discutir sin necesariamente volver a infligirla.

Ahí está el verdadero choque entre los dos, más interesante que cualquier reproche cruzado sobre quién traicionó a quién en 2017. Uno sigue atrapado en lo literal, reviviendo el mismo instante sin poder moverlo de lugar. La otra logró, o al menos lo intentó con seriedad, trasladar ese mismo material hacia lo simbólico. Chocan, en el fondo, porque están parados en dos puntos completamente distintos de una misma lógica —y ver a la otra persona avanzar, mientras uno mismo sigue clavado en el mismo instante de hace diez años, es probablemente una de las experiencias más insoportables que existen.

Hay algo, además, marcadamente pueril en la forma completa de esta disputa —no en lo que cada uno piensa, sino en cómo la sostienen—. James Hillman llamó puer aeternus a esa figura psíquica que queda atrapada para siempre en el umbral, incapaz de completar ningún rito de paso, llevando la cuenta eterna de quién le hizo qué a quién sin que el tiempo logre convertir el agravio en historia. Villouta lo dice con sus propias palabras, sin que haga falta interpretarlo: "me interesa mi gente, no me interesa el público de Natalia Valdebenito, creo que somos absolutamente distintos en todo". Eso es tribalismo puro, la lógica exacta de un patio de colegio trasladada a dos personas de cincuenta años con plataformas públicas. Y un patio de colegio, vale la pena recordarlo, es exactamente el terreno que no tiene ni altar ni sacerdote; solo bandos, y la certeza infantil de que el otro empezó primero.

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Veámoslo desde otra arista de igual importancia, más aún cuando conecta con una idea que ya trabajamos en este espacio a propósito de otro caso completamente distinto, y es que la cancelación no solo castiga, ataca directamente la estructura temporal de una persona.

Cualquier identidad viva necesita poder incorporar lo nuevo sin que eso invalide todo lo anterior; necesita que lo que se hizo ayer pueda, con el tiempo, matizarse con lo que se hace hoy. Cancelar a alguien es, entre otras cosas, congelar ese flujo en un solo instante —un tuit, una frase, una escena— y decidir que ningún gesto posterior tendrá autoridad suficiente para modificar ese instante. Por eso Villouta puede llevar diez años trabajando, cambiando, incluso reconociendo públicamente que aquel comentario "estuvo fuera de lugar", y aun así seguir siendo, para buena parte de la conversación pública, exactamente lo que fue en 2017. Precisamente porque el dispositivo mismo de la cancelación no está diseñado para procesar el cambio, está diseñado para fijar un instante y sostenerlo indefinidamente por sobre cualquier otro.

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No quiero cerrar esto fallando el caso de fondo, porque sería injusto con ambos. Que la herida de Villouta lleve diez años sin cicatrizar no vuelve aceptable el insulto de esta semana; el dolor real de una persona nunca convierte en legítima la humillación pública de otra, y esa distinción hay que sostenerla con la misma firmeza acá que en cualquier otro caso. Tampoco se trata de decidir, desde afuera, si la cancelación de 2017 fue justa o desproporcionada —no tengo, ni necesito, ese juicio para lo que quiero decir.

Lo que sí puedo decir es que la obra de Natalia Valdebenito iba a tratar sobre la cultura de la cancelación. Terminó, sin que nadie lo planeara, convirtiéndose en el escenario donde esa cultura se representó a sí misma en tiempo real, atacándola precisamente a ella. Y quizás ahí, más que en cualquier crítica teatral que se escriba sobre el estreno, esté el testimonio más auténtico de lo que la obra necesitaba decir.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Polis Facta es la sección de UpToYou que analiza la contingencia política y social desde la psicología profunda y la fenomenología. Más en uptoyou.cl
Esta columna dialoga con la noción de puer aeternus desarrollada por James Hillman.