Lo que parecía ser un juego más de límites entre adolescentes derivó, de manera vertiginosa, en una escena que excedió cualquier fantasía posible para todas las partes involucradas. Los hechos son bien sabidos, y fueron masificados por los medios, en ocasiones al borde de lo absurdo. En concreto, lo ocurrido incluyó episodios de gravedad que hoy son materia de investigación judicial, la que determinará en su momento las implicancias legales para quien corresponda.
Como señalé, los hechos son los hechos, y sobre ellos hay poco que discutir, al menos desde el espíritu de esta columna, lo psicológico. En ese sentido, y tomando en cuenta lo mediático del caso, algo me sorprendió. Entre todos los comentarios y observaciones que circularon, en ninguno encontré algo que se pareciera a una pregunta.
Paradójicamente, eso sí, una frase repetida hasta el cansancio: ¿cómo alguien puede hacer algo así?
Detengámonos ahí, ya que esta frase, ingenua en apariencia, devela más de lo que podríamos pensar. Primero, tiene forma de pregunta —signo de interrogación incluido—, pero no funciona como tal. Es, en realidad, una declaración: esto es incomprensible, y quien lo hizo está fuera de lo aceptable. La lógica interrogativa es una fachada, ya que nunca se espera una respuesta rigurosa, y como ocurre con la mayoría de los cuestionamientos que ya vienen con su respuesta dada, esa fachada ocupa el lugar donde podría haber habido pensamiento. Pensar en serio, en cambio, exige atravesar la complejidad del caso, no dispararle opiniones a la ligera desde el lugar del juez o del experto; lógica que pareciera ser el denominador común de quienes participan en esta suerte de representación mítica de un Saturno desencadenado, dispuesto a devorar a la juventud con tal de restaurar la ilusión de su propio límite.
¿Qué evita la fachada de la pregunta?
Para estar a la altura de lo que propone esta columna, hay que entrar en lo que la fachada de la pregunta evita, que no es más que enfrentar la incómoda diferencia entre comprender y justificar un fenómeno. Son operaciones abismalmente distintas, y una cultura que rara vez logra distinguirlas es una cultura que decidió dejar de pensar. Si cada vez que un conflicto nos perturba apelamos al juicio —en su sentido más amplio—, obtenemos veredictos y jamás conocimiento. El primero ni siquiera impide que el fenómeno vuelva a ocurrir; el segundo nos devuelve la responsabilidad sobre la estructura que lo produce, para no seguir actuando a ciegas. Lo que sigue, entonces, es un ejercicio concreto…quedarse un rato más con el caso después del punto donde todos lo dieron por resuelto.
La cronología de los hechos y la vertiginosa velocidad de su difusión jugaron un rol fundamental en este caso. En un abrir y cerrar de ojos, la historia ya estaba completa: empresario exitoso, Vitacura, camioneta 4×4, exreservista del Ejército, niños jugando; una verdadera tormenta perfecta. Todos esos elementos encajaron en un molde —o mejor dicho, en una construcción sociocultural— que ya existía antes del caso, y que en Chile tenemos particularmente integrada; el hombre de poder que no tolera ser desafiado en su dominio. No sorprende, entonces, que cada nuevo dato que aparecía no modificara el relato, sino que lo confirmara. Es la misma lógica, llevada a su máximo esplendor, de los programas estelares de la farándula política en nuestro país, el saturado "dato mata relato". La camioneta, la comuna, la profesión, los colegios involucrados, todo calzaba a la perfección para la escenografía. Ni hablar del pasado militar, que llegó como la guinda de una torta imposible de comer.
Y ahí está, ya desde el comienzo, la primera pista del asunto que da título a esta columna. Porque una historia que encaja tan rápido no se sostiene por lo que cuenta, sino por lo que deja afuera. Lo que un relato omite no es un descuido, es muchas veces, el lugar exacto donde vive lo que ese relato no quiere mirar.
Al margen de la verosimilitud de los hechos —cuestión que deberá aclarar el tribunal correspondiente—, lo que llama la atención es otra cosa. Cuando hablamos, comentamos o debatimos sobre el caso, pareciera que lo hacemos desde un lugar ya conocido, donde no hay nada que comprender, porque en un chasquido de dedos pasó a ser algo que ya sabíamos. Ese es el indicador por excelencia para detenerse a objetar un fenómeno, cuando la historia es prematuramente coherente, debería despertarnos, cuando menos, la sospecha legítima de aquello que viene a confirmar.
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Cada vez que la contingencia política lo amerite, la analizamos desde la psicología profunda. Sin ideología. Con preguntas.
Es precisamente cuando desatendemos este punto que el pensamiento se apaga. Y cómo no, si no hay nada más satisfactorio que una historia perfecta, bien narrada. Produce una sensación de comprensión indistinguible, desde adentro, desde la carne, desde la certeza, frente a un mundo que muchas veces nos desborda de incertidumbre. Lamentablemente —y lo digo por su propagación social y mediática, casi epidémica— se siente igual, pero no lo es.
Ahora bien, ¿qué pasa con el juego?
Es sabido que el ring raja consiste en tocar un timbre y salir corriendo; no tiene más ciencia que esa. Su gracia está exactamente ahí, en producir un efecto y desaparecer antes de que llegue la consecuencia. Es un juego sobre la impunidad —razón por la que, inconscientemente, creo que todos lo jugamos alguna vez—, una irresistible mezcla de adrenalina y seguridad, el placer sencillo pero intenso de haber alterado algo sin tener que responsabilizarse por ello. Es, en su forma más inocente, un ensayo infantil de una estructura que después se vuelve adulta.
A partir de lo anterior, la lógica que planteo se expresa día a día, e incluso momento a momento, en hechos que este caso judicial pone a la luz cual trapo al sol.
Compartimos un titular que destruye una reputación, una familia, una carrera. Tocamos el timbre y corremos, en una escala menor pero con la misma estructura, cada vez que opinamos sin quedarnos lo suficiente en el tema.
Compartimos un titular —que adquiere su validez ciega únicamente por tener forma de titular— que destruye una reputación, una familia, una carrera, y quién sabe qué más. Scrolleamos y opinamos con nuestro entorno sobre la vida de alguien que nunca conocimos ni vamos a conocer; comentamos en distintos contextos sociales sobre un caso judicial en curso, por supuesto, con la falsa y morbosa convicción de que hubiéramos conocido a alguna de las partes involucradas. Esa es la lógica psicológica que devela este fenómeno, tocamos el timbre y corremos, en una escala menor pero con la misma estructura, cada vez que opinamos sin quedarnos lo suficiente en el tema. Con la salvedad de que la gran mayoría somos adultos, y sí tenemos el deber ético de responsabilizarnos antes de opinar. No podemos tocar el timbre y salir impunes, porque producimos efectos en vidas ajenas cuyas consecuencias no logramos dimensionar; una invisibilidad que es condición fundacional y funcional del sistema sociocultural en que vivimos. Si tuviéramos un poco más de carácter para hacernos cargo de las historias ajenas que contamos, quizás seríamos capaces de quedarnos parados frente a la puerta esperando que se abra, mirando a la cara a quien sale. Lo digo con convicción, probablemente buena parte de esto no pasaría.
En síntesis, vivimos, de forma literal, en una sociedad del ring raja.
Podemos releer, entonces, el caso que estamos abordando. En él ocurrió lo inesperado e insoportable. Un hombre abre la puerta. Y no solo eso, sale y persigue, con una desproporción que cuesta comprender y que en ningún caso queda justificada por lo que vamos a plantear a continuación. A ese dolor concreto —lo que esos niños tuvieron que vivir esa noche— se suma otro, más difícil de nombrar; la ruptura de un pacto tácito, aquel donde uno toca y el otro no sale, donde una provocación no tiene consecuencias.
Abordemos ahora el punto determinante de este análisis.
En la clínica, uno aprende con los años a leer la desproporción en terceros. Esto conlleva comprender la fenomenología de la experiencia que se analiza, desde una perspectiva presente y lo más aséptica posible respecto de hipótesis o deducciones prematuras. La desproporción, en sí misma, siempre es información, y cómo no, si es lo que queda cuando algo estuvo acumulándose sin cauce durante un tiempo y encuentra, por fin, un contexto donde descargarse.
Sabemos que es anómalo que alguien se desborde por un timbre. Ahora bien, es probable que en este caso, ese timbre encapsulara algo más. Un conflicto latente que terminó expresándose de la peor forma posible, una respuesta meramente instintiva, poseída por la emoción; el instante en que la razón se eclipsa y cede el "volante" a la furia ciega de Ares.
No me corresponde determinar la trama exacta detrás de ese timbre, pero la evidencia clínica ha mostrado hasta el cansancio lo que produce el dolor sostenido cuando no encuentra una escucha o una contención real. Es el desgaste silencioso y crónico de habitar un conflicto prolongado, que va carcomiendo por dentro toda capacidad de reacción proporcionada. Quiero detenerme un momento en ese desgaste, porque es fácil nombrarlo rápido y seguir de largo. Hablo de la clase de cansancio que no se nota desde afuera, es decir, alguien que sigue funcionando, trabajando, sonriendo en las fotos, mientras algo adentro se va quedando sin aire, sin nadie a quien contárselo del todo, sin ninguna instancia que responda de verdad. Ese cansancio no exime de nada. Pero merece ser nombrado con el mismo cuidado con que se nombra cualquier otro dolor humano, incluso —o especialmente— cuando ese dolor terminó desembocando en algo que no tiene un fundamento racional a primera vista.
Ante la sensación intolerable de impotencia, ante la imposibilidad de reparar aquello que duele, la estructura subjetiva se quiebra, y el exabrupto aparece como el intento desesperado —y catastrófico— de recuperar un control trágicamente perdido.
Desde esta perspectiva, vale la pena incorporar la mirada del analista junguiano Wolfgang Giegerich, quien sostiene que existe una violencia propia del alma que no tiene nada que ver con la expresión comportamental y emocional desregulada de alguien con un conflicto no resuelto. Esa violencia del alma no busca la destrucción, sino la transformación, aquella capacidad de romper una forma que se volvió rígida, rescatar lo esencial que latía en ella y elevarla hacia un nuevo sentido. Destruye lo caduco, conserva lo vital, y lo actualiza en un mismo movimiento.
Giegerich tiene una fórmula que resume esto mejor que cualquier paráfrasis mía: el alma es lo que no es. No se define por lo que muestra, sino por su capacidad de negar, de decir que no a lo que ya no puede seguir siendo, de dejar morir simbólicamente una forma para que otra pueda nacer. Esa negación —cuando puede ocurrir— es silenciosa, interna, casi invisible desde afuera. Y por eso mismo, cuando una cultura bloquea sistemáticamente el espacio para que esa negación ocurra —cuando exige que nada se rompa, que todo se gestione, que cada conflicto pase por el conducto regular y salga procesado sin costo visible—, esa capacidad de negar no desaparece, se literaliza en lo empírico. A modo concreto, retorna como violencia física desbordada, desconectada de su causa real, en el peor momento y contra el blanco equivocado.
Aterrizándolo a los hechos, la tragedia de quien protagoniza este caso radica en haber llevado a la calle lo que exigía, en cambio, una transformación psíquica personal. En su intento desesperado por romper la impotencia y restaurar un límite, la fuerza bruta sustituyó a la palabra. Queriendo rescatar su orden, terminó por devastarlo todo, convirtiendo una necesidad de amparo en una tragedia de matices brutales para todos los involucrados. Nada de esto vuelve aceptable lo que hizo. La violencia contra niños no se redime por su origen, por más comprensible que resulte, el conflicto que la precede.
En síntesis, lo que no se puede tramitar psíquicamente termina ocurriendo materialmente.
La escena de una camioneta persiguiendo niños por Vitacura a las once de la noche es, entre muchas otras cosas, una imagen de eso, algo que necesitaba romperse simbólicamente terminó rompiéndose en el mundo. El malestar de nuestros tiempos —y frente al cual reaccionamos, muchas veces, con una desproporción igualmente grande— es justamente esa, que la violencia literal, la mayoría de las veces, cae sobre quien no corresponde. Si hubiese caído donde probablemente correspondía, otro gallo cantaría. Hipotéticamente, habría sido una conversación, una denuncia formal, un reclamo al colegio por un ring raja convertido en algo más serio. En fin, habría sido violencia del alma haciendo su trabajo.
Hay un último giro, y tiene directa relación con la forma en que vivimos hoy.
A propósito de una columna que escribí y publiqué hace poco en UpToYou ("El día en que la imaginación se quedó más pequeña que el mundo"), quiero traer una de sus conclusiones, atingente a este caso: hoy podemos producir efectos que ya no podemos imaginar. La imaginación, que antes desbordaba la realidad, ahora se quedó chica frente a lo que nuestras manos hacen.
Cuando un caso judicial en curso se convierte en tema de sobremesa nacional, cuando el nombre de un imputado circula a viva voz, cuando la familia de alguien —incluidos hijos que no eligieron nada de esto— queda expuesta a un país entero opinando, los efectos son reales, medibles y potencialmente perennes. La lógica estructural que comparten todas las partes involucradas en esta violenta experiencia mediática, es que ninguna pudo imaginarse las consecuencias que tendría lo que hacía. Vivimos en una sociedad donde el efecto de nuestras decisiones llega a un lugar donde la imaginación de quien actúa ya no alcanza.
A diario —ya sea al compartir una noticia como esta en redes sociales, en el ejercicio de nuestros roles cotidianos, o incluso al escribir una columna— todos apretamos botones cuyas consecuencias no podemos representarnos del todo. Todos tocamos timbres y corremos.
Termino con una pregunta que considero pertinente y que brilla por su ausencia.
Comenzamos con ¿cómo alguien puede hacer algo así? Si seguimos respondiéndola mal y a la ligera, va a seguir dejándonos, para siempre, exactamente donde estábamos.
¿Qué clase de vida en común hemos construido cuando necesitamos que la puerta no se abra nunca?
En contraste, la pregunta que a mi juicio vale es: ¿qué clase de vida en común hemos construido cuando necesitamos que la puerta no se abra nunca? Cuando el acuerdo sociocultural tácito es que se puede tocar y correr indefinidamente, que las provocaciones no vuelven y que los efectos no alcanzan a quien los produce. Ese acuerdo tiene una conveniencia tibia y cómoda mientras funciona, y para nuestro perjuicio, funciona la mayoría de las veces.
No obstante, cada tanto, como consecuencia de un conflicto o una impotencia que no encontró cauce, el acuerdo se fractura y alguien abre la puerta con lo peor de sí. Solo para después llenarnos la boca diciendo que no lo vimos venir. Y es que, en efecto, no lo vimos, ya nos habíamos ido corriendo.
El alma, decíamos, es lo que no es. Lo que este caso tiene para enseñarnos —a todos, no solo a los involucrados— quizás no esté en lo que se dijo, se tituló o se opinó estas últimas semanas. Esté, probablemente, en todo lo que no se dijo, y que ahora, demasiado tarde, empezamos recién a mirar.