Polis Facta

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Polis Facta analiza la contingencia política desde la psicología profunda y la fenomenología. No toma posición ideológica — toma posición psicológica.

El patio que fabrica mesías

"El patio del poder": un libro que vale la pena leer para comprender la fenomenología de lo que le pasa a una generación cuando se cree el rumbo de la Historia.

Carlos SpoererPolis Facta7 min de lectura
Silueta de una persona con el puño en alto contra un cielo de atardecer
El sujeto elegido de la Historia, a contraluz.

El abogado Renato Garín publicó el año 2025 el libro "El patio del poder", texto que reconstruye acabadamente, a lo largo de más de cuatrocientas páginas, la historia de un pequeño patio interior en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile; el mismo patio por el que, durante un siglo, circularon generaciones enteras de abogados que terminarían redactando leyes, presidiendo la República o intentando reescribir la Constitución. A la vez, se hace relevante no desatender el subtítulo, "la historia real del naufragio chileno", ya que no solo denota el tono narrativo del autor, sino que también nos dará las primeras luces del análisis psicológico que propongo en esta columna.

A la ligera, podría leerse como una crónica de traiciones de pasillo, ambiciones frustradas y currículums cruzados —de hecho, buena parte del libro se detiene ahí, con un detalle casi obsesivo por quién estudió con quién, quién le hizo la memoria a quién, quién terminó trabajando para quién—. Sin perjuicio de ello, el propio Garín ofrece, ya en la introducción, una llave explicativa de lectura distinta y más interesante que el cotilleo biográfico: llama al fenómeno que describe mesianismo vanguardista.

¿Qué significa, psicológicamente, que un grupo se piense a sí mismo como vanguardia?

Vanguardia es, en su origen, un término militar. La parte del ejército que avanza primero, la que ve el terreno antes que el resto de la tropa. Extrapolado a la política del siglo XX, el concepto adquirió una carga adicional; no se trata solo de ir adelante, sino de tener el derecho, casi la obligación, de conducir a los demás hacia aquel horizonte. El mesianismo agrega la segunda pieza de esta perfecta tormenta ideológica, la convicción de encarnar la llegada de algo que va a liberar a un colectivo de su condición actual. Combinados, vanguardia y mesianismo producen una estructura psíquica muy específica; la de un grupo que deja de verse como un actor más dentro de un proceso histórico incierto, y empieza a experimentarse como el sujeto mismo de ese proceso.

Lo que hace valiosa la genealogía de Garín es que se niega a tratar esto como un vicio de un solo sector político. Rastrea la misma estructura psíquica en los nacionalistas de los años treinta, los radicales de los cuarenta, los falangistas de los cincuenta, los socialcristianos de los sesenta, los marxistas de los setenta, los juristas del régimen militar en los ochenta, los concertacionistas de los noventa, y finalmente en la generación ligada al estallido social y al proceso constituyente. El propio autor lo señala como un fenómeno transversal, que cruza a laicos, creyentes, y hasta a quienes sirvieron a una dictadura. El patio, en su lectura, no solo fabrica una ideología, sino que una forma de sentirse elegido, y esa forma después se rellena con el contenido ideológico que cada época tiene disponible.

Esto importa porque cambia por completo qué tipo de fenómeno estamos observando cuando un proceso político de refundación fracasa dos veces seguidas, como ocurrió con los dos intentos constitucionales en nuestro país. La lectura política estándar busca explicaciones tácticas o estratégicas; un texto mal comunicado, una campaña de desinformación, un error de cálculo sobre el electorado. Todas esas explicaciones pueden ser parcialmente ciertas, aun cuando hay una capa distinta, más honda, que la psicología profunda sí puede iluminar: qué le pasa internamente a un grupo humano cuando la narrativa que sostenía su identidad —somos quienes vamos a cambiar el rumbo de la historia— choca dos veces con un resultado que dice exactamente lo contrario.

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Cada vez que la contingencia política lo amerite, la analizamos desde la psicología profunda. Sin ideología. Con preguntas.

Cuando la identidad de un grupo depende de ser el sujeto elegido de la Historia, con la misma convicción ingenua, el rechazo se procesa como herida estructural.

La psicología del liderazgo tiene un nombre para la variante individual de este fenómeno: el síndrome de hubris, descrito por el neurólogo y político británico David Owen a partir de observar a jefes de Estado que, tras años en el poder, desarrollan una desconexión progresiva entre su autopercepción y la realidad; se sienten históricamente destinados, toleran cada vez peor la disidencia interna, y pierden la capacidad de leer las señales de que el mundo ya no los acompaña. Lo que el libro de Garín describe es, en cierto sentido, la versión colectiva y generacional de esa misma forma lógica: no un solo líder capturado por su propia grandiosidad, sino un ecosistema completo —profesores, ayudantes, discípulos, columnistas— sosteniéndose mutuamente en la convicción compartida de que estaban a cargo del guion de la Historia.

La mayoría de las veces, el problema de esa convicción está sostenida por una lectura sofisticada de la realidad, por años de trabajo intelectual serio o por una lectura genuina del malestar social. El problema es lo que ocurre cuando esa convicción no deja espacio interno para la posibilidad del rechazo democrático. Si uno se piensa a sí mismo como el vehículo de un proceso histórico inevitable, un resultado adverso en las urnas no puede leerse simplemente como "esta vez no supimos leer las necesidades del pueblo"; tiene que leerse como una anomalía, una manipulación, una traición del pueblo a su propio destino.

Hay una estructura clínica que ilumina bien este mecanismo. Cuando la relación entre un sujeto y su objeto pierde distancia —cuando se vuelve simbiótica, sin el espacio intermedio donde el otro puede aparecer como independiente, imperfecto, pero real— lo que emerge es la dinámica que Kernberg describió para la organización límite de la personalidad: idealización absoluta seguida de devaluación absoluta, sin estadio intermedio. Desde una óptica personal: "Lo simbiótico invita a lo limítrofe". Y eso es, con bastante precisión clínica, lo que le ocurre a una vanguardia mesiánica con el pueblo al que dice representar. Mientras dura la fusión, el pueblo es el sujeto histórico a liberar, el destinatario de todo el proyecto. En el momento en que ese mismo pueblo vota en sentido contrario, no hay matiz posible; es que el pueblo traicionó a la vanguardia mesiánica. El mismo objeto que era todo se vuelve, de un día para otro, nada. Concretamente, porque la estructura simbiótica que sostenía el vínculo nunca dejó espacio para la ambivalencia.

Y cuando esa lectura se vuelve insostenible, lo que sigue es lo que el libro registra con crudeza, como un colapso: la frustración descrita casi como una enfermedad que se contagia de maestros a discípulos.

Ahí está, para mí, la observación psicológicamente más rica del libro, más allá de sus anécdotas de patio. El colapso de un mesianismo no se parece al fracaso de un proyecto, corresponde al duelo de una identidad. Cuando alguien construye su sentido de sí mismo sobre la certeza de ser el protagonista de una época, y esa certeza se rompe, es la pérdida de una historia que uno se contaba con total convicción sobre quién era.

¿Es posible sostener una convicción política profunda sin necesitar, al mismo tiempo, sentirse el sujeto elegido de la Historia?

No tengo una respuesta limpia. Pero sospecho que ahí —no en el color político de la vanguardia de turno— está la pregunta que de verdad vale la pena hacerle a cada generación que cruza ese patio, cualquiera sea su bandera. Porque si algo muestra la genealogía de Garín, con toda su acidez, es que el patio no ha fabricado, en cien años, ni una sola vanguardia que se salvara de naufragar. Fabricó, eso sí, generación tras generación, la misma certeza ciega de que esta vez sería distinto, de que se podría traslapar una problemática metafísica en lo empírico.

Carlos Spoerer es psicólogo clínico y autor. Polis Facta es la sección de UpToYou que analiza la contingencia política desde la psicología profunda y la fenomenología. Más en uptoyou.cl
A propósito de: Garín, R. (2025). El patio del poder: la historia real del naufragio chileno. Editorial Planeta Chilena. Esta columna también dialoga con Owen, D. (2009). In Sickness and in Power: Illness in Heads of Government During the Last 100 Years. Methuen.; y Kernberg, O. (1975). Borderline Conditions and Pathological Narcissism. Jason Aronson.