Este fin de semana aparecieron dos encuestas. Cadem: 60% de desaprobación al Presidente Kast, el peor registro desde el 11 de marzo. Criteria: 53%, también su máximo en cuatro semanas. Los titulares hablan del gobierno, mientras que los números, si es que son leídos con atención, hablan sobre nosotros.
Hay un detalle en la encuesta Cadem que merece detenerse. Entre los atributos mejor evaluados del Presidente aparecen "responsable" (45%), "autoridad y liderazgo" (41%) y "valiente" (40%). Entre los peor evaluados: "dialogante" (33%), "cercano" (31%) y "empático" (30%). Es decir — y esto es en parte lo psicológicamente relevante — el electorado reconoce en Kast exactamente lo que fue a buscar cuando votó por él. La firmeza, la determinación, la disposición a no ceder. Y sin embargo, lo desaprueba.
¿Qué está pasando ahí entonces?
Cuando un colectivo elige a un líder, no solo elige un programa político, sino que también una imagen. Una respuesta emocional a una pregunta que rara vez se formula en voz alta: ¿quién nos va a salvar de esto? En el caso de la elección de Kast, esa pregunta tenía nombre propio, la inseguridad. Y la respuesta que la ciudadanía eligió fue la del orden, la mano firme, el que no negocia con el caos.
La seguridad se mantiene como el principal dolor de cabeza de los chilenos con un 31% de las menciones. Cuatro meses después, con el mismo presidente que prometía resolver exactamente eso, el problema sigue ahí. No mejoró en la magnitud esperada, y como consecuencia, aparece súbitamente la desaprobación.
Por lo tanto, la pregunta que deberíamos hacer no es si el gobierno ha gestionado bien o mal la seguridad. Es otra: ¿qué dice de nosotros, como colectivo, el hecho de que esperábamos que en cuatro meses un presidente resolviera lo que tardó décadas en construirse?
Un 54% calificó de peor o mucho peor de lo previsto el manejo en materia económica, mientras que el 56% piensa lo mismo sobre la generación de empleos. "Peor de lo previsto." Esa frase es la clave, ya que revela la distancia entre lo que se esperaba y lo que ocurrió. Y esa distancia no es solo una evaluación de gestión, es una decepción. Una que tiene estructura e historia.
Toda decepción comienza con una promesa. En política, esa promesa casi nunca es explícita.
En política, esa promesa es una imagen proyectada sobre el candidato, la de quien podría por fin resolver lo que nos duele. El problema es que esa imagen es, en buena parte, nuestra construcción. Ponemos sobre el líder lo que necesitamos que sea. Y cuando llega al poder, trae consigo lo que siempre tuvo: limitaciones reales, restricciones institucionales, una realidad que no se mueve al ritmo de las expectativas.
Lo que el 60% mide, es la gestión de Kast, sin duda. Lo que dice psicológicamente, es el colapso de una proyección colectiva.
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Cada vez que la contingencia política lo amerite, la analizamos desde la psicología profunda. Sin ideología. Con preguntas.
Hay otro número que merece atención especial. Solo un 20% considera que el Presidente puede mantener ordenada a su coalición política, lo que representa un descenso de 11 puntos. Es un desplome significativo que tiene una ironía que no es menor, ya que el presidente que fue elegido para imponer orden en el país no logra ordenar su propia coalición.
Esto es simbólicamente revelador. El arquetipo que movilizó su candidatura — el orden, la autoridad, el que pone límites — muestra sus límites precisamente en el espacio más cercano. Ciertamente, la imagen no coincide con la realidad. Y cuando eso ocurre en política, la ciudadanía lo siente antes de poder explicarlo.
¿Qué está reprimiendo, como colectivo, el Chile que hoy desaprueba al gobierno?
Una posible lectura. La incomodidad con nuestra propia demanda imposible. Queríamos firmeza, y la tenemos, el Presidente es valorado por "responsable" y "valiente". Pero también queríamos cercanía, empatía y diálogo, cuestiones que al parecer no tenemos. Pedimos el arquetipo de la mano dura y ahora descubrimos que la mano dura sin calidez no nos basta. Lo que no podemos decir en voz alta es que quizás pedíamos dos cosas contradictorias al mismo tiempo.
Y hay algo más relevante todavía. El 40% considera que los problemas económicos son heredados de la administración anterior. Lo que podemos observar, es que un segmento importante del electorado ya está elaborando la decepción distribuyendo la responsabilidad hacia atrás. Es una operación comprensible — y también reveladora — de algo que se repite en la política chilena, y no solo en la chilena, con una regularidad que ya debería hacernos re-pensar este fenómeno. Cada gobierno hereda los problemas del anterior, los administra con más o menos fortuna, y los deja como legado al siguiente. Desde esta perspectiva, el ciclo continúa e inevitablemente la promesa de ruptura se repite.
Bajo mi criterio, el 60% es el termómetro de un fenómeno más grande, la dificultad colectiva para habitar la complejidad de los problemas sin depositar la solución completa en una figura que, por ser empírica, de carne y hueso, no puede ser absoluta ni viable.
Personalmente, no tengo una respuesta para el 60%. Ahora bien, sí una pregunta: ¿cuándo comenzaremos a leer nuestras decepciones políticas no solo como fallas del gobernante, sino como información sobre nosotros mismos? Respecto a lo que esperamos, en base a lo que proyectamos, así como en relación a la distancia entre el líder que imaginamos y la realidad que en democracia, siempre es más lenta, más contradictoria y más difícil que cualquier promesa de campaña.
No puedo evitar reiterarlo: la encuesta mide a Kast, pero también nos mide a nosotros. Concretamente, en función de una dimensión de la cual gran parte opinamos y nadie se hace cargo a consciencia — nuestra responsabilidad ciudadana.